La foto, Luis Britto García


Era color sepia pero la copia actual, ampliada, es gris y hasta cierto punto brumosa. De izquierda a derecha, en primera fila, sentados: joven de mirada profunda y cabellos con gomina, camisa manga corta y pantalones a rayas; a su lado, joven flaco con grandes entradas, las manos sobre las rodillas, el cordel de un zapato desatado; a su lado, joven parecido a Ramón Novarro, mejillas chupadas y un paltó doblado sobre las piernas; a su lado, joven con lentes redondos, montura metálica, peinado con la raya en el medio, un peine en el bolsillo de la camisa; a su lado, joven con mirada de desnutrido que parece estar observando las nubes o deslumbrado por el sol del patio de la prisión, y de él llama la atención ese gesto y no la ropa que tiene o cómo es su cara; a su lado, joven con bigotes y corbata de lacito y camisa a rayas grises; a su lado, una pierna doblada y la otra extendida, joven gordinflón, con el aire de quien acaba de caer sentado. Agachados: joven que sonríe, joven que está serio, joven que mira con intensidad, joven que parece aburrido, joven que mira a la derecha, joven que pone gesto trágico, joven a punto de dejar de ser joven. Parados: joven con las manos cruzadas sobre el pubis, joven con los brazos cruzados sobre el pecho, joven con los brazos a la espalda, joven con los brazos caídos, joven con los brazos en los bolsillos, joven que sostiene un paltó en el brazo, joven con la mano derecha en el hombro izquierdo. La ropa, se ve muy ajada, quizá por lo pasada de moda, quizá porque la foto fue tomada a la semana de estar presos y no dejaban pasar envíos de ropa limpia desde afuera. No se nota ningún detalle del patio del cuartel.
De izquierda a derecha, el tercero, parado, fue el del discurso que después le dirían fogoso, tenía cosas como aquí está la juventud y cumplimos con el llamado, a él lo pusieron preso por decirlo y a los demás porque aplaudieron, tres meses después lo botaron del país pero al fin llegó a Ministro. El primero, sentado, dos años más tarde murió de un tiro de fusil al tratar de cruzar la frontera disfrazado de peón. El tercero, segunda fila, fue el que compartió con el Presidente la comisión de cincuenta millones que los norteamericanos pagaron para tener más concesiones petroleras que los ingleses. El cuarto, primera fila, estuvo preso otra vez durante la dictadura, pasó en eso varios años, después fue Ministro de Relaciones Interiores y participó en la desaparición del estudiante Alberto Méndez, cuyo cuerpo fue horriblemente mutilado, etc. El segundo, primera fila, fundó publicaciones humorísticas y murió de hambre. El quinto, tercera fila, fue el tronco de abogado que le gestionó a los americanos las concesiones del hierro. El cuarto, segunda fila, era marico. El séptimo, primera fila, nadie se acuerda quien era.
En cuanto al tercero, primera fila, participó en la gran venta de inmuebles de propiedad pública y después se descubrió que él actuaba a la vez como abogado de la Nación y de la empresa compradora. El quinto, segunda fila, fue llevado al Consejo de Ministros para que pusiera la fuerza hidroeléctrica de Guayana en manos de la familia Umeres. El sexto, primera fila, montó la empresa constructora que acaparó los contratos de obras públicas mientras era Ministro el séptimo, segunda fila, que era propietario del noventa por ciento de las acciones. El quinto, primera fila, compró en cien mil bolívares su nominación como diputado por el gran partido popular y vendió su voto en tres millones cuando se discutía la reforma tributaria.
El segundo, tercera fila, llegó a Presidente e hizo respectivamente, matar, encarcelar y expulsar del país, al primero, segunda fila, primero, tercera fila, segundo, tercera fila, y sexto, primera fila. El cuarto, tercera fila, se puso de acuerdo con el sexto, misma fila -para entonces Ministro-, se hizo expropiar sus haciendas por el cuádruplo de su valor y ahora es banquero. El sexto, segunda fila, anda con un cáncer en la próstata. A la hija del tercero, primera fila, yo me la cogí.
La foto está cada día peor y la gente se parece menos. La publicaron primero en el Libro Rojo de la Subversión, y después ha ido dando tumbos hasta aparecer en Memorias de una Vida Política, que el cuarto, primera fila, escribiera en Antibes. Por aquí y por allá, sobre una que otra cabeza, hay crucecitas, y a veces hay dos cabezas muy juntas y no se sabe de quién es la crucecita.
El mundo da muchas vueltas.

En Rajatabla, 1970


Crónica de una muerte anunciada, Gabriel García Márquez, (Fragmento)

Santiago Nasar se fue. La gente se había situado en la plaza como en los días de desfiles. Todos lo vieron salir, y todos comprendieron que ya sabía que lo iban a matar, y estaba tan azorado que no encontraba el camino de su casa. Dicen que alguien gritó desde un balcón: «Por ahí no, turco, por el puerto viejo». Santiago Nasar buscó la voz. Yamil Shaium le gritó que se metiera en su tienda, y entró a buscar su escopeta de caza, pero no recordó dónde había escondido los cartuchos. De todos lados empezaron a gritarle, y Santiago Nasar dio varias vueltas al revés y al derecho, deslumbrado por tantas voces a la vez. Era evidente que se dirigía a su casa por la puerta de la cocina, pero de pronto debió darse cuenta de que estaba abierta la puerta principal.
Ahí viene -dijo Pedro Vicario.
Ambos lo habían visto al mismo tiempo. Pablo Vicario se quitó el saco, lo puso en el taburete, y desenvolvió el cuchillo en forma de alfanje. Antes de abandonar la tienda, sin ponerse de acuerdo, ambos se santiguaron. Entonces Clotilde Armenta agarró a Pedro Vicario por la camisa y le gritó a Santiago Nasar que corriera porque lo iban a matar. Fue un grito tan apremiante que apagó a los otros. «Al principio se asustó -me dijo Clotilde Armenta-, porque no sabía quién le estaba gritando, ni de dónde.» Pero cuando la vio a ella vio también a Pedro Vicario, que la tiró por tierra con un empellón, y alcanzó al hermano. Santiago Nasar estaba a menos de 50 metros de su casa, y corrió hacia la puerta principal.
Cinco minutos antes, en la cocina, Victoria Guzmán le había contado a Plácida Linero lo que ya todo el mundo sabía. Plácida Linero era una mujer de nervios firmes, así que no dejó traslucir ningún signo de alarma. Le preguntó a Victoria Guzmán si le había dicho algo a su hijo, y ella le mintió a conciencia, pues contestó que todavía no sabía nada cuando él bajó a tomar el café. En la sala, donde seguía trapeando los pisos, Divina Flor vio al mismo tiempo que Santiago Nasar entró por la puerta de la plaza y subió por las escaleras de buque de los dormitorios. «Fue una visión nítida», me contó Divina Flor. «Llevaba el vestido blanco, y algo en la mano que no pude ver bien, pero me pareció un ramo de rosas.» De modo que cuando Plácida Linero le preguntó por él, Divina Flor la tranquilizó.
-Subió al cuarto hace un minuto -le dijo.
Plácida Linero vio entonces el papel en el suelo, pero no pensó en recogerlo, y sólo se enteró de lo que decía cuando alguien se lo mostró más tarde en la confusión de la tragedia. A través de la puerta vio a los hermanos Vicario que venían corriendo hacia la casa con los cuchillos desnudos. Desde el lugar en que ella se encontraba podía verlos a ellos, pero no alcanzaba a ver a su hijo que corría desde otro ángulo hacia la puerta. «Pensé que querían meterse para matarlo dentro de la casa», me dijo. Entonces corrió hacia la puerta y la cerró de un golpe. Estaba pasando la tranca cuando oyó los gritos de Santiago Nasar, y oyó los puñetazos de terror en la puerta, pero creyó que él estaba arriba, insultando a los hermanos Vicario desde el balcón de su dormitorio. Subió a ayudarlo.
Santiago Nasar necesitaba apenas unos segundos para entrar cuando se cerró la puerta. Alcanzó a golpear varias veces con los puños, y en seguida se volvió para enfrentarse a manos limpias con sus enemigos. «Me asusté cuando lo vi de frente ---me dijo Pablo Vicario-, porque me pareció como dos veces más grande de lo que era.» Santiago Nasar levantó la mano para parar el primer golpe de Pedro Vicario, que lo atacó por el flanco derecho con el cuchillo recto.
-¡Hijos de puta! -gritó.
El cuchillo le atravesó la palma de la mano derecha, y luego se le hundió hasta el fondo en el costado. Todos oyeron su grito de dolor.
-¡Ay mi madre!
Pedro Vicario volvió a retirar el cuchillo con su pulso fiero de matarife, y le asestó un segundo golpe casi en el mismo lugar. «Lo raro es que el cuchillo volvía a salir limpio -declaró Pedro Vicario al instructor-. Le había dado por lo menos tres veces y no había una gota de sangre.» Santiago Nasar se torció con los brazos cruzados sobre el vientre después de la tercera cuchillada, soltó un quejido de becerro, y trató de darles la espalda. Pablo Vicario, que estaba a su izquierda con el cuchillo curvo, le asestó entonces la única cuchillada en el lomo, y un chorro de sangre a alta presión le empapó la camisa. «Olía como él», me dijo. Tres veces herido de muerte, Santiago Nasar les dio otra vez el frente, y se apoyó de espaldas contra la puerta de su madre, sin la menor resistencia, como si sólo quisiera ayudar a que acabaran de matarlo por partes iguales. «No volvió a gritar --dijo Pedro Vicario al instructor-. Al contrario: me pareció que se estaba riendo.» Entonces ambos siguieron acuchillándolo contra la puerta, con golpes alternos y fáciles, flotando en el remanso deslumbrante que encontraron del otro lado del miedo. No oyeron los gritos del pueblo entero espantado de su propio crimen. «Me sentía como cuando uno va corriendo en un caballo», declaró Pablo Vicario. Pero ambos despertaron de pronto a la realidad, porque estaban exhaustos, y sin embargo les parecía que Santiago Nasar no se iba a derrumbar nunca. «¡Mierda, primo -me dijo Pablo Vicario-, no te imaginas lo difícil que es matar a un hombre!» Tratando de acabar para siempre, Pedro Vicario le buscó el corazón, pero se lo buscó casi en la axila, donde lo tienen los cerdos. En realidad Santiago Nasar no caía porque ellos mismos lo estaban sosteniendo a cuchilladas contra la puerta. Desesperado, Pablo Vicario le dio un tajo horizontal en el vientre, y los intestinos completos afloraron con una explosión. Pedro Vicario iba a hacer lo mismo, pero el pulso se le torció de horror, y le dio un tajo extraviado en el muslo. Santiago Nasar permaneció todavía un instante apoyado contra la puerta, hasta que vio sus propias vísceras al sol, limpias y azules, y cayó de rodillas.
Después de buscarlo a gritos por los dormitorios, oyendo sin saber dónde otros gritos que no eran los suyos, Plácida Linero se asomó a la ventana de la plaza y vio a los gemelos Vicario que corrían hacia la iglesia. Iban perseguidos de cerca por Yamil Shaium, con su escopeta de matar tigres, y por otros árabes desarmados y Plácida Linero pensó que había pasado el peligro. Luego salió al balcón del dormitorio, y vio a Santiago Nasar frente a la puerta, bocabajo en el polvo, tratando de levantarse de su propia sangre. Se incorporó de medio lado, y se echó a andar en un estado de alucinación, sosteniendo con las manos las vísceras colgantes.
Caminó más de cien metros para darle la vuelta completa a la casa y entrar por la puerta de la cocina. Tuvo todavía bastante lucidez para no ir por la calle, que era el trayecto más largo, sino que entró por la casa contigua. Poncho Lanao, su esposa y sus cinco hijos no se habían enterado de lo que acababa de ocurrir a 20 pasos de su puerta. «Oímos la gritería -me dijo la esposa-, pero pensamos que era la fiesta del obispo.» Empezaban a desayunar cuando vieron entrar a Santiago Nasar empapado de sangre llevando en las manos el racimo de sus entrañas. Poncho Lanao me dijo: «Lo que nunca pude olvidar fue el terrible olor a mierda». Pero Argénida Lanao, la hija mayor, contó que Santiago Nasar caminaba con la prestancia de siempre, midiendo bien los pasos, y que su rostro de sarraceno con los rizos alborotados estaba más bello que nunca. Al pasar frente a la mesa les sonrió, y siguió a través de los dormitorios hasta la salida posterior de la casa. «Nos quedamos paralizados de susto», me dijo Argénida Lanao. Mi tía Wenefrida Márquez estaba desescamando un sábalo en el patio de su casa al otro lado del río, y lo vio descender las escalinatas del muelle antiguo buscando con paso firme el rumbo de su casa.
-¡Santiago, hijo --le gritó-, qué te pasa!
Santiago Nasar la reconoció.
-Que me mataron, niña Wene -dijo.
Tropezó en el último escalón, pero se incorporó de inmediato. «Hasta tuvo el cuidado de sacudir con la mano la tierra que le quedó en las tripas», me dijo mi tía Wene.
Después entró en su casa por la puerta trasera, que estaba abierta desde las seis, y se derrumbó de bruces en la cocina.

De la naturaleza expansiva del aplauso, Sol Linares


COMIENZA DETRÁS DE UNO. A espaldas de uno. Lejos de las coordenadas que certifican tu existencia medio borrosa e inadvertida en el centenar de butacas. Nunca a un lado o delante de ti. Nunca tan próximo de manera que presencies el nacimiento del aplauso. Y nunca, jamás, nacería desde ti aquella onda violenta si ya eres un oyente corrido, ajustado al pavor de un único y ridículo aplauso en la totalidad del silencio. Sobra cobardía para levantarse a palmotear y de pronto ser la idiota que aplaude a deshora. A veces ocurre, las ganas de caerle a mentiras al ser hablante, aplaudir y aplaudir el discurso de ese sujeto desconocido que hoy viene a darnos lecciones sobre filosofía. No sé, hoy tengo ganas de aplaudir autónomamente. Quizá no sea tan disparatado concebir el primer aplauso, la gente siempre perdona los arrebatos delirantes, y debe traer satisfacción ser la matriarca de esa catarata de madera que estremece la bóveda del edificio. Sobre todo si la Fraternidad del Aplauso, amparada bajo máximas hieráticas de solidaridad, protege del ridículo al aplausor. Digo, la cosa nostra de los buenos modales. Claro, esta Fraternidad debe tener una ética del aplauso bien definida. La gente culta, por ejemplo, no aplaude los himnos nacionales, se levanta del asiento solemnemente y regresa a él de la misma forma y reserva  los aplausos para los entreactos del jazz. Podría decirse que es acopiando la práctica de las cosas aplaudidas que con el tiempo nos familiarizamos con estos reglamentos, probamos los efectos  de una extraña y expansiva persuasión de los oradores, de tal manera que Hitler hacía que los alemanes se desfloraran las manos y odiaran a los judíos todo a la par.

Algo ha debido decir el conferencista que la gente ha comenzado a aplaudir. Soy tan lenta, todos aplauden y yo estoy atascada todavía en los alrededores del aplauso. En momentos como estos mi capacidad intelectual se me antoja francamente dudosa, trivalente en el sentido más estricto de la desidia; bruta, apática y dispersa. Mi vecino de butaca me observa de reojo.  Nota que no aplaudo y lo toma como un gesto de irreverencia seguramente avalada por una suerte de superioridad epistémica, ontológica y filológica. ¿Qué es la filosofía?, pregunta el conferencista. Por razones obvias recuerdo las palabras de mi abuelo mecido en la hamaca de nuestra casa. Es litúrgico escuchar  sus reflexiones intermitentes, dice que la filosofía es un eterno nostalgiar. No estoy tan segura de que mi abuelo hubiera entendido lo que hoy explica este señor; yo tampoco soy tan brillante como aparento. Cuántas tentativas sinceras por comprender Crítica de la Razón Pura y cuántas veces he abandonado a Inmanuel Kant, a veces acompañando, la lectura con tragos desesperados de ron, porque, alguien me dirá, quien entiende a Inmanuel Kant bebiendo un saludable vaso de agua. En fin, una y otra vez el libro intacto sobre la mesa, o yo mas intacta que él. Me iba sin arañazo internos dejando aquel coloso intraducible para un mejor ánimo y corría a liquidar mi derrota con una obra menos pedante. Con el tiempo entendí que yo podía vivir sin Kant, que no nos necesitábamos mutuamente. Puede que atribuya mi flojera a la filosofía de chinchorro que practicamos en casa. Allá meditamos mientras las gallinas picotean nuestros dedos, la filosofía es un padecer que se iguala a nosotros y a nuestra vida común, y por lo general, jamás conversamos sobre lo que no sabemos, ni aplaudimos algo en lo que no nos reconozcamos. Este acto sencillo no impide que mi abuelo sea un pensador menos universal, la distancia que hay entre el discurso suyo y el de Aristóteles  es que no sabe lo aristotélico que se pone en las tardecitas  cuando llegan las libélulas a desovar en el estanque. Hoy nos hubiera caído bien, por ejemplo, conversar acerca de la naturaleza  expansiva del aplauso y sobre lo que pasamos a ser en el mismo momento en que ocupamos las butacas. Quién sabe si valga la pena ahuecarse en la silla, escuchar y aplaudir intereses tan impersonales para nosotros como la filosofía occidental. Me pregunto si tendremos un semblante real e histórico para el orador, viéndonos sin mirarnos en esta nube imprecisa que somos. Raúl está cerca de mí, tres butacas más allacito, ahí lo vi sentarse la última vez antes de que apagaran los reflectores, antes de  que la oscuridad nos aniquilara en esta particular omnisciencia. Lástima Raúl tan a tres butacas de mí. Quisiera saber si se pregunta lo mismo, si habrá alguien acá con ganas de aplaudir el disparate  de occidente y su dale que dale a sus hallazgos sobre la naturaleza humana. Dentro de poco me atormentará la sensación de haber perdido el dinero. No mas con ahuecarnos en cualquier reclinatorio ya figuramos como parientes de los que miran el mundo desvaído del proscenio. Vamos acomodándonos a la parentela de una gran familia, una familia escalonada de seres incognitos haciendo pupación  debajo de las claraboyas. Por eso pienso que sería más justo que uno comience el aplauso. Ocurre que no siempre la gente corresponde a lo que quieres aplaudir y entonces terminamos aplaudiendo la breve conmoción del otro. Uno sale del anfiteatro mirando borrosamente a las personas, hambriento, buscando perroscalientes, encandilados por las luces de la calle y adaptándonos medianamente a nuestra propia rutina, buscando a ese ser clandestino que comenzó el aplauso en la multitud, al final sin saber a quién, qué cosa aplaudiste, o qué bobería aprobaste. Soy tan lenta, tan inconforme. Daría cualquier cosa por aplaudir algo real, estar dentro de una corriente auténtica de palmoteos donde yo y los otros vibremos como un intenso cardumen. A veces duran tanto los aplausos… se van contigo a tu casa y parece que la vida es más brillante, más traqueteo, y quién sabe, quién sabe si no es el aplauso sino la cosa aplaudida lo que en realidad te pone bueno el cuerpo.

Por todo esto y por otra saeta de motivos, me levanto. Tontamente confiada en que un primer aplauso desencadenará cientos de aplausos más, un poco librándome del aplauso del otro y del pánico que tengo a representarme. Aplaudo, aplaudo apasionadamente. Es un aplauso mío y nada más mío. Torpe sí, pero mío. Aislado sí, pero mío. Acumulado sí, y qué. Toda yo autopista dominguera sin-avisos-puentes-sorpresas. Más solida que nunca me devuelvo a la butaca. La gente y el conferencista han quedado boquiabiertos mirándome en la oscuridad. La misma oscuridad que me patenta como ser incógnito una vez fuera del edificio, mientras Raúl regresa a mi lado preguntándome en voz alta quién sería el estúpido que aplaudió el carraspeo del conferencista.

Entonces penetro la ciudad, disfrutando como nunca de mi propio, ingenuo y tibiecito anónimo.


En cuentafarsas, FUNDARTE, 2010.

Oficio puro, Víctor Valera Mora


Cómo camina una mujer que recién ha hecho el amor
En qué piensa una mujer que recién ha hecho el amor
Cómo ve el rostro de los demás y los demás cómo ven el rostro de ella
De qué color es la piel de una mujer que recién ha hecho el amor
De qué modo se sienta una mujer que recién ha hecho el amor
Saludará a sus amistades
Pensará que en otros países está nevando
Encenderá y consumirá un cigarrillo
Desnuda en el baño dará vuelta
a la llave del agua fría o del agua caliente
Dará vuelta a las dos a la vez
Cómo se arrodilla una mujer que recién ha hecho el amor
Soñará que la felicidad es un viaje por barco
Regresará a la niñez o más allá de la niñez
Cruzará ríos montañas llanuras noches domésticas

Dormirá con el sol sobre los ojos
Amanecerá triste alegre vertiginosa
Bello cuerpo de mujer
que no fue dócil ni amable ni sabio




En obras completas,Fondo editorial Fundarte,2002

Continuidad de los Parques, Julio Cortazar


Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
    Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.



En Final de juego, 1956.

Payback, Lucas García




32 MINUTOS EN LA TRANCA. Vehículos que se apilan en una línea infinita hacia adelante y hacia atrás. El taxista pone Luis Miguel. Una ranchera engolada. Enciende un cigarrillo. Comienza a hablar.
“me despertó el sonido del bombazo. Tres de la mañana. El vecino, borracho hasta las metras. Yo tenía un Fairline 500 en aquella época. Rojo, con unas franjas blancas a los lados, igualito al de Starsky y Hutch. El tipo llegó con su pedazo de Impala y le reventó el parachoques. Al Impala no le pasó nada. Bajé a resolver el asunto. Te podrás imaginar. Tres de la mañana, en calzoncillos, resolviendo un choque. Tremenda película. El tipo no podía ni pararse. Olía a ron a cuatro metros. En el asiento de atrás le vi par de botellas de Cacique, un poco de vasos de plástico. Eso sí, el tipo se portó como un caballero. Estaba hasta el culo pero se las sabía todas. Me trato de usted. Pidió disculpas. Dijo que había calculado mal la curva. Que él se hacía cargo. Que tenía un primo o algo así que era un portento en latonería. Me dio su teléfono. Quedamos en llevar el carro al taller la mañana siguiente.
“Allí empezó el guabineo. A la mañana siguiente no me contestó. El Impala no estaba. Fui a su casa, hablé con su mujer, una morena bajita que estudiaba peluquería. Parecía un hámster con tetas. Dijo que su marido estaba trabajando pero que iba a cuadrar el asunto. Empecé a ponerme nervioso. Toda la semana fue el mismo cuento. Intentaba precisarlo y se me desaparecía. La mujer con esa cara de roedor diciéndome todo el tiempo que “salió a trabajar temprano pero le está cuadrando el asunto”. Por aquí…
“Entonces lo pillé el viernes. Me quede despierto toda la noche esperando a que llegara. A las doce en punto se aprecio. Rascadísimo. Con dos panas. Unos tipos con pinta de maracuchos, aindiados, con las camisas abotonadas hasta el cuello. Una mierda presidiaria de bola. Los intercepté  entrando a la casa. Llevaban una cava de anime de las grandes. Estaba abierta y se veía un poco de hielo y mazingers de anís. Me dio como un escalofrío en la espalda. Esa vaina es para volverse loco, papá, soltar coñazos. Cuando me vio sacó el pecho. Cero caballerosidad. Cero. Estaba sobradísimo. No me dejó ni empezar. Dijo que me olvidara del choque. Que había sido mi culpa, que el Fairline estaba “mal aparcado,”. Así mismo dijo: “mal aparcado” ¿no te jode? Los maracuchos lo apoyaban. Tenían los brazos llenos de tatuajes y caracas de recién salidos ¿sabes? Pabellón de asesinos y violadores, the guajira mafia, papá. Puse mi mejor cara de pendejo. Metí el rabo entre las piernas. Me aleje mientras me ofrecían unas manos. Me amenazó a gritos con romperme los vidrios ¿ah? Rojo. Bañando de saliva a los maracuchos. Alto psicópata. Alto psicópata.
“Me hice el loco tres meses. Yo soy fan de El Padrino  ¿tú sabes? Marlon Brando, Pacino. Los Corleone, pana. Esos tipos saben su vaina. El viejo decía que la venganza es un plato que se sirve frio. No hablaba de la pasta chuta, jaja, hablaba de la paciencia. De hacer las vainas pensadas y al rato, para que crean que se te olvidó y los pilles con los pantalones abajo. Yo me aprendí mi venganza Corleone al pelo. Al pelo. A los tres meses fueron vacaciones. Me puse a decir por ahí que me iba para la playa, a pasar el rato a casa de mi mamá. Se lo dije al del abasto, al de la panadería. Al tipo de las birras. Todos. El fin de semana metí a la propia y a los chamos en el carro, con unas toallas y un poco de muñecos inflables. Nos fuimos a casa de mi vieja en Higuerote. En la noche esperé a que diera la una y me fui.
“llegué a una bomba. Le di unos billetes al encargado y me dio unos litros de gasolina. Se supone que no te dejan comprarla sino es para el tanque, pero tú sabes cómo es la vaina, por la plata baila el mono.
“Luego me fui para la calle. Todos dormían. El Impala esta aparado frente a la casa del tipo. Me deslicé con el pote de gasolina. Entre las sombras. Tranquilo y silencioso como Bruce Lee. Regué la gasolina sobre el capó. Sobre el techo, las ruedas, las puertas. Luego le prendí fuego. Salí corriendo. Me monté en el carro y solo me volteé una vez. El Impala ardía por todos lados. La calle estaba toda de anaranjado y amarillo. Era glorioso. Parecía una película de Chuck Norris…
“Pasé el fin de semana en la playa. Comí pescado, me bebí unas frías frente al mar, raquetica de goma con los chamos. . Tú sabes, el clásico. Nos volvimos el lunes en la tarde. El Impala se había quemado completo. Cauchos derretidos, vidrios explotados. Lo que quedaba estaba en el medio de una enorme mancha negra, papá. Parecía el hueco que queda después de que se estrella un meteorito, vale. Me contaron que alguien llamó a los bomberos. Llegaron al rato. El fuego estaba muy avanzado. Sólo se aseguraron de que no se extendiera. El tipo salió medio dormido, enratonadísimo. Se puso a gritar. Histérico de bolas, sin camisa. Quiso caerse a golpes con los bomberos. Lanzó unos tobos de agua que no hicieron mierda. El Impala quedó  pérdida total.
“La policía ni me llamó. El tipo ni siquiera sospechó de mí. Perdió la chaveta, se le fueron las metras. También era taxista. Se ganaba la vida con el carro pero ni siquiera lo tenía asegurado. El propio balurdo. La mujer lo botó para el carajo. Se lo calaba borracho y con plata pero limpio y sin carro ni de vaina. No volví a saber de él. Bueno, no, mentira, creo que una vez lo vi en la autopista. De buhonero. Vendía unas toallitas para el carro ¿sabes? De las amarillas…
El taxista enciende otro cigarro. Contempla el tráfico inmóvil a través de la punta incinerada. Sonríe. Recuerda las formas del fuego. El Impala ardiendo en medio de la noche.








En Payback, Ediciones Puntocero, 2009 

Ya no sería lo mismo, de Francisco Massiani.

Para Baica Dávalos



-Aquí jugué yo cuando estaba chiquito -dijo el hombre. Cuando teníamos como siete años.
-Te gustaba mucho?
-Sí. Muchísimo. No hubo otra cosa en mi vida hasta que apareció el amor.
-Qué amor?
-Hasta que apareció eso que llaman enamorarse y amar y dejar de enamorarse y dejar de amar y así.
-Lo que hacemos tú y yo? -preguntó la mujer, divertida.
El hombre por primera vez, desde que habían dejado la fiesta, había sonreído. Había sonreído al decir amor y ella, confiada, lo imitaba. Pero el hombre no respondió a la pregunta. El hombre miraba fijamente a uno de los arcos.
-Qué te pasa? Estás triste?
-No, no estoy triste.
-Estás tristísimo.
-No, no lo estoy.
-Hablas del fútbol... no sé... Por qué no sigues jugando?
-No puedo, ya no. Claro que puedo, ves? Pero no es lo mismo. Las piernas, me entiendes? No me dan, no soy el mismo.
-Pero tienes otras cosas, no?
-No, claro que tengo otras cosas. Pero, claro que sí. No es eso. Sólo quería traerte, tenías ganas de ver un campo de fútbol.
-Tú jugabas muy bien?
-Jugaba adelante -dijo él. Jugaba de centro delantero o de ínter.
-De qué?
-Adelante. Jugaba con la gente que se encarga de meter goles. No hay nada más maravilloso que meter un gol.
-Y yo?
-No hay nada, te juro que no hay nada más maravilloso que eso. Lo único parecido es un gran amor o el momento en que el amor une al hombre y a la mujer en una mirada repleta de todo el amor que no pudieron dar durante muchos años. Es lo único.
-Qué es un gol? Quiero decir, cómo se mete un gol? -ahora la mujer no sonreía.
-Un gol?
El hombre pareció sentirse por primera vez confiado a la mujer y por primera vez pareció mirarla y no hablarle por responderle o por hacerla sentir que la recordaba. Ahora el hombre la miró a los ojos y entusiasmado le respondió que un gol era adivinar a una mujer en una multitud, adivinarla como una vieja amante sin haberla conocido todavía, saber que ya la amaba sin haberle preguntado el nombre ni nada. O era más, depende, o era nada, como el último gol de un equipo que fuera derrotado a pesar del último gol, del gran esfuerzo, derrotado injustamente por el árbitro o porque simplemente lo derrotaron porque la pelota se empeñó en pegar en el travesaño como a veces las palabras se empeñan en traicionar el buen deseo de llegar a esa mujer que adivinas en una fiesta, o cuando algún maricón que nunca falta se encarga de calumniarte por envidia antes de que tú entres en la mujer y ella te reciba con el agradecimiento viejo y maduro de haberte esperado toda una vida.
-Hablas lindo -dijo ella.
-No, no hablo lindo ni nada. En realidad -dijo el hombre- un gol se mete por suerte, por pura suerte como casi todo en la vida. Claro que hay que dar todo lo que tienes de bueno sin reservas para que la suerte sea para ti y no para otro jugador mejor y que haya dado más que tú porque entonces seguramente la suerte irá a sus pies y no a los tuyos y no habrá gol ni habrá otra oportunidad igual, sino distinta, o no la habrá simplemente. Pero basta que tú no entregues todas tus ganas, basta que te quedes con un poco de duda o de temor, basta que te reserves un poco de la energía que considera que no debes gastar del todo, para que ese gol no se dé, para que algo que parecía imposible ocurra: la pelota pega apenas en el palo de arriba o el arquero la para con el dedo gordo del pie o algún defensa andaba buscando una piedrita dentro del arco y el balón se estrelló en su nuca.
Ella se rió. El también lo hizo.
-Cuando hablaste de una sola oportunidad...
-Hablé del fútbol, sí, de una sola jugada. Sabes que se puede aprender muchísimo en el fútbol, no?
-Sí, supongo -dijo ella, y bajó la cabeza.
-En serio, se puede aprender muchísimo. Incluso mirándolo, pero sobre todo jugándolo. Yo aprendí a saber quiénes eran los acusetas y los falsos y los mentirosos y los bondadosos.
-Yo no he jugado contigo al fútbol -dijo ella.
-Te decía que en el fútbol se aprende mucho más de lo que te imaginas. El solo hecho de tú arriesgarlo todo por el solo propósito de meter una pelota en un arco... Comprendes? Hoy hasta una conversación tiene un precio, hasta un abrazo.
-No será tarde? -preguntó la mujer.
-Cómo?
-Me pregunto qué hora será -dijo ella. Salimos hace dos horas.
-No aguantaba más -dijo él. Perdona, pero es verdad. Además, no te parece lindo? Fíjate en esas nubes rojas y el azul oscuro y casi se ven ya las estrellas y todos los árboles rodeándonos y el campo quietecito, tranquilito, no es lindo? La mujer abrió el bolso que traía y sacó un cepillo de pelo. Se peinaba sacudiendo la cabeza que echaba hacia atrás, de cara al cielo.
-Te pregunto si te gustaba -dijo él.
Se incorporó, pero volvió a sentarse junto a ella. Había menos luz porque el día se iba y había un aire color rosa en todas partes. La mujer buscó la mano del hombre y éste la apartó y la enterró en el césped y después la apretó y la golpeó contra su muslo derecho.
-Perdona -dijo- pero es que me acuerdo de tantas cosas, ves? De aquella vez que el Pepe García, o que el "Gordo" Peralta se durmió o la vez que le di golpes hasta hacer sangrar a un pobre muchacho porque había perdido la única oportunidad de hacer gol y así empatar, entiendes? Y lo que tenía era un dedo reventado, un dedo hecho pura carne cruda y no pudo chutear y no dijo nada. Nada. Absolutamente nada. Me entiendes? No había un mejor amigo" como el Pepe García o Carlos Alberto Pizarro o el mismo "Gordo durmiéndose porque le daba la gana y ahí nomás se dormía el desgraciado.
-Aquí mismo?
-No, aquí no, pero es lo mismo. Aunque no es lo mismo. La verdad es que no es lo mismo. Fue en Chile. Ahí aprendí...
-En dónde?
-Ahí aprendí muchísimo.
-Más que todo lo que aprendiste después. Es eso lo que quieres decir, no?
El calló.
-No entiendes nada -dijo.
-Fuiste tú quien quiso traerme aquí -dijo ella. No tengo la culpa.
-Quería venir acá -dijo él. Me parecía una estupidez.
-Te parecía una estupidez mi gente, no? Mi familia, no?
-No. No era eso. Me entristeció el bautizo. Siempre me entristecen. Traer un pobre nené moqueando al mundo...
-Mi pobre hermano. Si oyera tu pesimismo...
-No soy pesimista. No soy nada. Déjame ver el campo en paz, carajo. Pero, no ves que es una maravilla? No ves que es realmente una maravilla?
Se incorporó y de pie señaló con la mirada la maravilla del campo que los rodeaba.
-Es una maravilla -insistió. Es realmente una maravilla.
-Me están picando las hormigas -dijo la mujer.
-Cuando estaba chiquito me gustaba tocar los postes de los arcos antes de que comenzara el juego. Así sentía que podía meter un gol. Por lo menos uno.
-Por qué no nos vamos? -preguntó ella. Ni siquiera me explicaste cómo se metía un gol -dijo con amargura. Además, no me interesa mucho, perdona, y papá nos debe esperar, no le gustará saber que dejé la casa en pleno bautizo de mi hermanito.
-No. Todavía no nos vamos.
-No seas tonto; por favor, vámonos.
-No nos vamos todavía, Kica.
-Entonces me voy yo.
-Vete tú. Yo me quedo -dijo él. Te juro que me quedo.
-No entiendes que no podíamos hacerlo en casa? No entiendes que no podíamos hacerlo en ninguna parte? Qué culpa tengo? Aquí tampoco podemos hacerlo, no? Estás bravo por eso, no?
-No hables más, en serio, no hables más. No es nada de eso. Vete tú. Yo me quedo. Quiero quedarme solo. Me siento bien, no estoy bravo con nadie; puedes irte, palabra.
Ella lo dejó.
El hombre, que aún no era un hombre de veinticinco años, vio a la mujer, que sí era una mujer a pesar de tener sólo veintiuno, alejarse hacia la puerta del campo de fútbol. La vio abrir la gran puerta de hierro y salir, y también la vio entrar en el auto y partir; y hasta que no la sintió del todo fuera de aquel lugar, sólo al escuchar que el motor desaparecía de allí, no volvió a dirigir la mirada hacia la cancha. Caminó hasta el centro, el círculo blanco, y allí se sentó. "Tocarían el pito", se dijo. "Tocarían el pito y yo se la pasaría al Pepe, y el Pepe correría con el balón y se la pasaría a Hermosilla y meteríamos el primer gol. Seguro que sí. Dios mío, por qué habré golpeado a aquel muchacho?, por qué no me dijo nunca que tenía el dedo destrozado?"
Comprendió que había sido el grito de guardián lo que lo había asustado. El hombre, en traje kaki, le gritaba desde la puerta. Le gritaba que saliera de ahí, que debía cerrar la puerta, que debía cerrar, que era muy tarde.



En un regalo para Julia y otros relatos, Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2004