Si tú me olvidas, Pablo Neruda


QUIERO que sepas
una cosa.
Tú sabes cómo es esto:
si miro
la luna de cristal, la rama roja
del lento otoño en mi ventana,
si toco
junto al fuego
la impalpable ceniza
o el arrugado cuerpo de la leña,
todo me lleva a ti,
como si todo lo que existe,
aromas, luz, metales,
fueran pequeños barcos que navegan
hacia las islas tuyas que me aguardan.
Ahora bien,
si poco a poco dejas de quererme
dejaré de quererte poco a poco.
Si de pronto
me olvidas
no me busques,
que ya te habré olvidado.
Si consideras largo y loco
el viento de banderas
que pasa por mi vida
y te decides
a dejarme a la orilla
del corazón en que tengo raíces,
piensa
que en ese día,
a esa hora
levantaré los brazos
y saldrán mis raíces
a buscar otra tierra.
Pero
si cada día,
cada hora
sientes que a mí estás destinada
con dulzura implacable.
Si cada día sube
una flor a tus labios a buscarme,
ay amor mío, ay mía,
en mí todo ese fuego se repite,
en mí nada se apaga ni se olvida,
mi amor se nutre de tu amor, amada,
y mientras vivas estará en tus brazos
sin salir de los míos.


En Los versos del capitán 

El mundo de los sueños actuales, Mireya Kríspin



Sueño con un instante de emociones contenidas
que se atrapan en una memoria antigua que riego a diario
para que las plantas germinen

Sueño con un pasado que se convierte en presente y futuro
para trascender a los espacios cósmicos que me son conocidos
Siento una palabra que está grabada en mi cerebro
con ella vuelo de atrás hacia adelante
y alimento este cuerpo que ha recorrido por múltiples senderos

Sueño y veo la vida florecer entre ramas frondosas
que alimentan los caminos del Ser
Sueño y palpo las raíces de la tierra adheridas a mis pensamientos

Sueño con un sendero sin obstáculos
donde mis pasos  transitan con fervor y dulzura
Sueño que un día traspaso el umbral
y una luz radiante acompaña mi camino




Sueño y soñaré que soy y no soy
mas siempre seré contigo y conmigo Energía Pura
Sueño y una voz elevada me dice que la palabra sagrada se llama amor

La frontera del arte, Eduardo Galeano



Fue la batalla más larga de cuantas se pelearon en Tuscatlán o en cualquier otra región de El Salvador. Empezó a la medianoche, cuando las primeras granadas cayeron sobre la loma, y duró toda la noche y hasta la tarde del día siguiente. Los militares decían que Cinquera era inexpugnable. Cuatro veces la habían asaltado los guerrilleros, y cuatro veces habían fracasado. La quinta vez, cuando se alzó la bandera blanca en el mástil de la comandancia, los tiros al aire empezaron los festejos.
Julio Ama, que peleaba y fotografiaba la guerra, andaba caminando por las calles. Llevaba su fusil en la mano y la cámara, también cargada y lista para disparar, colgada del cuello. Andaba Julio por las calles, polvorientas, en busca de los hermanos gemelos. Esos gemelos eran los únicos sobrevivientes de una aldea exterminada por el ejército. Tenían dieciséis años. Les gustaba combatir junto a Julio: y en las entreguerras, él les enseñaba a leer y a fotografiar. En el torbellino de esa batalla, Julio había perdido a los gemelos, y ahora no los veía entre los vivos ni entre los muertos.
Caminó a través del parque. En la esquina de la iglesia, se metió en un callejón. Y entonces, por fin, los encontró. Uno de los gemelos estaba sentado en el suelo, de espaldas contra un muro. Sobre sus rodillas, yacía el otro, bañado en sangre; y a los pies, en cruz, estaban los dos fusiles.
Julio se acercó, quizá dijo algo. El gemelo que vivía no dijo nada, ni se movió: estaba allí, pero no estaba. Sus ojos, que no pestañeaban, miraban sin ver, perdidos en alguna parte, en ninguna parte: y en esa cara sin lágrimas estaba toda la guerra y estaba todo el dolor.
Julio dejó su fusil en el suelo y empuñó la cámara. Corrió la película, calculó en un santiamén la luz y la distancia y puso en foco la imagen. Los hermanos estaban en el centro del visor, inmóviles, perfectamente recortados contra el muro recién mordido por las balas.
Julio iba a tomar la foto de su vida, pero el dedo no quiso. Julio lo intentó, volvió a intentarlo, y el dedo no quiso. Entonces, bajó la cámara, sin apretar el disparador, y se retiró en silencio.
La cámara, una Minolta, murió en otra batalla, ahogada en lluvia, un año después.


En El libro de los abrazos,1989

Rayuela (Fragmento), Julio Cortazar


Capítulo 7
    Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy  dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu  boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo  y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas,  con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
     Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

En Rayuela

Recordis, Tony Raskólnikov


Aun recuerdo el día en que nos despertaron de madrugada los golpes a la puerta. Los gritos. Mamá nerviosa a punto de romper en llanto. Papá calmándola con un beso. El abrazo de los tres con papá repitiendo una y otra vez: no pasa nada, es solo  algo de rutina. Sus últimas palabras a mí: cuida bien a tu mamá. La puerta abriéndose, papá saliendo…
Han pasado muchos años. He cuidado bastante bien a mamá. Yo todavía recuerdo esa noche de vez en cuando. Sé que ella la recuerda siempre.
Si dicen que recordis es volver a pasar por el corazón, ¿Cómo será ese paso de mamá?
Sé que mamá aun lo espera.

Cuando se dice la palabra amigo, Gustavo Pereira


Cuando se dice la palabra amigo se dice sólo lo indispensable
Vale decir
Hermano
Compañero
Familia
La vida que soñamos
El mar
Cotidianos sabores
Una cerveza bajo el limpio cielo
El olor a escafandra de cierto muelle
Una calle sola por donde desandamos nuestros huesos
Vale decir también
Agua cálida
El sol (que no es el mismo de otras partes)
Alguien en quien se piensa especialmente
Un hogar un rincón
No se dice Desprecio
Tampoco Humillación
Ni adiós
Ni escupitajo
Cuando se dice amigo se dice Certidumbre
Se dice Ternura
Se dice Costa Blanca y Común
Como Un Pan
Y se tiene una lámpara encendida en los ojos
Y un resplandor adentro

Descripción del payaso, Waldo Leyva


En mi ventana
en los hierros de mi ventana,
está sentado un payaso diminuto.
De loza son sus manos,
sus pies y su cabeza,
de charol sus zapatos.
Medio payaso viste de amarillo
­-el que está hacia la luz-
la otra mitad es verde como el gorro.
De gasa es la gorguera del payaso.
¿Por qué vuelve los ojos
hacia el techo?
Finge que va a subir por el barrote
pero no avanza,
su gesto detenido hace infinito
el movimiento.
Como no habla,
como niega sus ojos,
resulta más propicio para el diálogo.

Tiene la indiferencia de lo creado
Por el hombre.
Sabe que es inmortal,
que cada fragmento suyo
será siempre el payaso,
que la falta de odio
o de clemencia
lo tornan invencible.
¿Quién puso ese payaso en mi ventana?
¿En qué costa abandonó su casa?
¿A qué noche de junio pertenecen sus ojos?
¿Con qué polvo de luna le pintaron la cara?


En Los signos del comienzo (1967-2006), 2009