Mèlancolie,Dayana Fraile


esta tristeza se me va por las ramas
                                            se cuelga de lianas de plástico
me penetra silenciosa mientras grito

como toda bestia sagrada se adorna con cayenas
arde como un horizonte entre las manos
se unta mascarillas de pepino y miel

cerril                     montaraz
desorienta a los vecinos         lleva piedras en la boca

salvaje
villana

celebra el camino del abismo
no deja dormir
toma el agua directamente de las jarras
escucha discos de Chopin hasta bien entrada la noche

Infección, Andrés Caicedo


Bienaventurados los imbéciles,
porque de ellos es el reino de la tierra
Yo

El sol. Cómo estar sentado en un parque y no decir nada. La una y media de la tarde. Camino caminas. Caminar con un amigo y mirar a todo el mundo. Cali a estas horas es una ciudad extraña. Por eso es que digo esto. Por ser Cali y por ser extraña, y por ser a pesar de todo una ciudad ramera.
-Mirá, allá viene la negra esa.
-Francisco es así, como esas palabras, mientras se organiza el pelo con la mano y espera a que pasa ella. ¡Ja! Ser igual a todo el mundo.
Pasa la negra-modelo. Mira y no mira. Ridiculez. Sus 1,80 pasan y repasan. Sonríe con satisfacción. Camina más allá y ondula todo, toditico su cuerpo. Se pierde por fin entre la gente, ¿y queda pasando algo? No nada. Como siempre.
(Odiar es querer sin amar. Querer es luchar por aquello que se desea y odiar es no poder alcanzar por lo que se lucha. Amar es desear todo, luchar por todo, y aún así, seguir con el heroísmo de continuar amando. Odio mi calle, porque nunca se rebela a la vacuidad de los seres que pasan por ella. Odio los buses que cargan esperanzas con la muchacha de al lado, esperanzas como aquellas que se frustran en toda hora y en todas partes, buses que hacen pecar con los absurdos pensamientos, por eso, también detesto esos pensamientos: los míos, los de ella, pensamientos que recorren todo lo que saben vulnerable y no se cansan. Odio mis pasos, con su acostumbrada misión de ir siempre con rumbo fijo, pero maldiciendo tal obligación. Odio a Cali, una ciudad que espera, pero que no le abre las puertas a los desesperados)
Todo era igual a las otras veces. Una fiesta. Algo en lo cual uno trata desesperadamente de cambiar la tediosa rutina, pero nunca puede. Una fiesta igual a todas, con algunos seductores que hacen estragos en las virginidades femeninas… después, por allá… por Yumbo o Jamundí, donde usted quiera. Una fiesta con tres o cuatro muchachas que nos miran con lujuria mal disimulada. Una fiesta con numeritos que están mirando al que acaba de entrar, el tipo que se bajó de un carro último modelo. Una fiesta con uno que otro marica bien camuflado, y lo más chistoso de todo es que la que tiene al lado trata inútilmente de excitarlo con el codo o con la punta de los dedos. Una fiesta con muchachas que nunca se han dejado besar del novio, y que por equivocación son lindas. Y también con F. Upegui que entra pomposamente, viste una chaqueta roja, hace sus poses de ocasión y mira a todos lados para mirar-miradas. Una fiesta con la mamá de la dueña de casa, que admira el baile de su hijita pero la muy estúpida no se imagina si quiera lo que hace su distinguida hija cuando está sola con un muchacho, y le gusta de veras. Una fiesta donde los más hipócritas creen estar con Dios, maldita sea, y lo que están es defecándose por poder amachinar a la novia de su amigo… piensan en Dios y se defecan con toda calma mientras piensas en poder quitársela.
(Sí, odio a Cali, una ciudad con unos habitantes que caminan y caminan… y piensan en todo, y no saben si son felices, no pueden asegurarlo. Odio a mi cuerpo y mi alma, dos cosas importantes, rebeldes a los cuidados y normas de la maldita sociedad. Odio mi pelo, un pelo cansado de atenciones estúpidas, un pelo que puede originar las mil y una importancias en las fuentes de soda. Odio la fachada de mi casa, por estar mirando siempre con envidia a la de la casa del frente. Odio a los muchachitos que juegan fútbol en las calles, y que con crueldades y su balón mal inflado tratan de olvidar que tienen que luchar con todas sus fuerzas para defender su inocencia. Sí, odio a los culicagados que cierran los ojos a la angustia de más tarde, la que nunca se cansan de atormentar todo lo que encuentra… para seguir otra vez así: con todo nuevamente, agarrando todo, todo !. Odio a mis vecinos quienes creen encontrar en un cansado saludo mío el futuro de la patria. Odio todo lo que tengo de cielo para mirar, sí, todo lo que alcanzo, porque nunca he podido encontrar en él la parte exacta donde  habita Dios.)
Conozco un amigo que le da miedo pensar en él, porque sabe que todo lo de él es mentira, que él mismo es una mentira, pero que nunca ha podido –puede- podrá aceptarlo. Sí, es un amigo que trata de ser fiel, pero no puede, no, lo imposibilita su cobardía.
(Odio a mis amigos… uno por uno. Unas personas que nunca han tratado de imitar mi angustia. Personas que creen vivir felices, y lo peor de todo es que yo nunca puedo pensar así. Odio a mis amigas, por tener entre ellas tanta mayoría de indiferencia. Las odio cuando acaban de bailar y se burlan de su pareja, las odio cuando tratan de aparentar el sentimiento inverso al que realmente sienten. Las odio cuando no tratan de pensar en estar mañana conmigo, en la misma hora y en la misma cama. Odio a mis amigas, porque su pelo es casi tan artificial como sus pensamientos, las odio porque ninguna sabe bailar go-go mejor que yo, o porque todavía no he conocida ninguna de 15 años que valga la pena para algo inmaterial. Las odio porque creen encontrar en mí el tónico ideal para quitar complejos, pero no saben que yo los tengo en cantidades mayores que los de ellas… por montones. Las odio, y por eso no se lo dejo de hacer porque las quiero y aún no he aprendido a amarles.)
No sé, pero para mí lo peor de este mundo es el sentimiento de impotencia. Darse cuenta uno de que todo lo que hace no sirve para nada. Estar uno convencido que hace algo importante, mientras hay cosas mucho más importantes por hacer, para darse cuenta que se sigue en el mismo estado, que no se gana nada, que o se avanza terreno, que se estanca, que se patina. Rrrrrrrrrrr rrrr-rrrrrrrrr rr-rrrrrrrrr-rrrrrrrrrrrrrrr. No poder uno multiplicar talentos, estar uno convencido que está en este mundo haciendo un papel de estúpido, para mirar a Dios todos los días sin hacerle caso. ¿Y qué? ¿Busca algo positivo uno? ¿Lo encuentras? Ah, no. Lo único que hace usted es comer mierda. Vamos hombre, no importa en qué forma se encuentra su estómago, piense en su salvación, en su destino, por Dios, en su destino, pero está bien, eso no importa. ¿Qué no? Vea, convénzase: por más que uno haga maromas en esta vida, por más que se contorsione entre las apariencias y haga volteretas en medio de los ideales, desemboca uno a la misma parte, siempre lo mismo… lo mismo de siempre. Pero eso no importa, no lo tome tan en serio, porque lo más chistoso, lo más triste de todo es que UD. Se puede quedar tranquilamente, s u a v e m e n t e,  d e f e c á n d o s e, p u d r i é n d o s e,  p o c o  a   p o c o,   t ó m e l o   c o n   c a l m a… ¡Calma! ¡Por Dios, tómelo con calma!
(Odio la avenida sexta por creer encontrar en ella la bienhechora importancia de la verdadera personalidad. Odio el Club Campestre por ser a la vez un lugar estúpido, artificial e hipócrita. Odio el teatro Calima por estar siempre los sábados lleno de gente conocida. Odio al muchacho contento que pasa al lado que perdió al fin del año cinco materias, pero eso no le importa, porque su amiga se dejó besar en su propia cama. Odio a los maricas por estúpidos en toda la extensión de la palabra. Odio a mis maestros y sus intachables hipocresías. Odio las malditas horas de estudio por conseguir una maldita nota. Odio a todos ellos que se cagan en la juventud todos los días.)
(¿Es que sabes una cosa? Yo me siento que no pertenezco a este ambiente, a esta falsedad, a esta hipocresía. Y ¿Qué hago? No he nacido en esta clase social, por eso es que te digo que no es fácil salirme de ella. Mi familia está integrada en esta clase social que yo combato, ¿Qué hago? Sí, yo he tragado, he cagado este ambiente durante quince años, y, por Dios, ahora casi no puedo salirme de él. Dices que ¿por qué vivo yo todo angustiado y pesimista? ¿Te parece poco estar toda la vida rodeado de amistades, pero no encontrar siquiera una que se parezca a mí? No sé que voy a poder hacer. Pero a pesar de todo, la gloria está al final del camino, si no importa.)
(La odio a ella por no haber podido vencer a su propia conciencia y a sus falsas libertades. La odio porque me demostró demasiado rápido que me quería y me deseaba, pero después no supo responder a estas demostraciones. La odio porque no las supo demostrar, pero ese día se fue cargando con ellas para su cama. Yo la quiero muchacha estúpida, ¿no se da cuenta? Pero apartándonos de eso la odio porque me originó un problema el berraco y porque siempre se iban con mis palabras, con mis gestos y mis caricias, con todo… otra vez para su cama. Pero, tal vez, para nosotros exista otra gloria al final del camino, si es que todavía nos queda un camino… quién sabe…
Odio a todas las putas por andar vendiendo añoraciones falsas en todas sus casas y calles. Odio las misas mal oídas… Odio todas las misas. Me odio, por no saber encontrar mi misión verdadera. Por eso me odio… y a ustedes ¿les importa?
Sí, odio todo esto, todo eso, todo. Y la odio porque lucho por conseguirla, unas veces puedo vencer, otras no. Por eso la odio, porque lucho por su compañía. La odio porque odiar es querer y aprender a amar. ¿Me entienden? La odio, porque no he aprendido a amar y necesito de eso. Por eso odio a todo el mundo, no dejo de odiar a nadie, a nada…
A nada
A nadie
¡Sin excepción!)


En Calicalabozo,2008

El vacío, Tony Raskólnikov



Todavía recordaba claramente aquel día. El sol en lo alto, la brisa suave que movía el globo comprado en la entrada, la cálida mano de su padre sosteniéndole la suya. Ese calor del hombre del bigote que veía en visitas programadas. Hasta un buen día donde rodó por un precipicio en su auto y más nunca volvió. Aun recordaba ese día, cuando subieron a la montaña rusa, la sensación del vacío que creaba la caída en el estomago y… aquella sensación al subir los brazos. Una cosquilla que sintió por primera vez, allá abajo, o bueno eso creía ella en ese momento. Fue tan gratificante que insistió una y otra vez al hombre del bigote que repitieran la experiencia y éste por complacerla se subió una y otra vez. Ella nunca se imagino que esa sensación que le creó el vacío la volvería a experimentar una cantidad de años después cuando ese chico con el que se aventuró en su adolescencia la penetró con toda la torpeza de la inexperiencia.  Tras unos breves espasmos logró hacerla evocar el preciso momento en donde el gusanito se precipitaba y esa cosquilla que la hizo insistir una y otra vez al hombre del bigote, ese misterioso hombre para ella, que la acompaño por el resto de sus días en cada momento de placer, donde el cuerpo le temblaba y los ojos se entornaban hacia atrás y venia ese vacío, allí estaba el recuerdo del hombre del bigote. Lo que ella menos iba a imaginar era que tantos años después vencida por la tristeza, un instante antes de reventarse contra el pavimento, en el vacío de la caída desde un piso trece, justo antes, la cosquilla allá abajo y el recuerdo del hombre del bigote. 

Para usted, Fragolina Belano


Hola señor, ¿cómo ha estado? A mí me gustaría saber realmente cómo ha estado, qué pasará por su cabeza en este momento o qué estará haciendo justo ahora, justo cuando yo estoy pensando en usted de alguna manera deliberada. Lo primero qué pienso es en mi cobardía de no preguntárselo directamente. Se supone que con un simple mensaje de texto yo podría averiguarlo, eso sin tener que pasar por la vergüenza de llamarlo por teléfono y escuchar su voz, y que la pragmática hable por sí sola sobre su estado de ánimo. Entonces, pienso en usted, llevo dos días soñándolo, dos días de angustia, donde raramente me siento más cercana. A la vez estoy tan distante, sobre todo porque sé que usted quiere permanecer distante. Cada vez se acerca más la despedida engañosa, ésa que nos hará caer en cuenta sobre una situación, pero me pregunto a mí misma ¿Cuál situación? Tal vez hago la pregunta porque no sé hasta qué punto, usted, sí, usted mismo pueda planteárselo. Resulta que tengo dos días pensando en mentiras, esas construcciones de frases piadosas que nos salvan, que nos remedian algo. Y es que yo estoy de acuerdo con la claridad, con la sinceridad, pero hay mentiras que definitivamente tienen que existir, ésas que tienen que ver con el individuo, con usted, conmigo. Últimamente esas mentiras son las que me han hecho pensar todas estas noches en las que mi cabeza ha estado divagando entre tinieblas. En las noches, antes de dormir pienso en eso y en que si dijéramos toda la verdad ya no habría tanto qué pensar. No sé qué me pasa, yo ni sé cómo nombrarlo, usted sí que tiene responsabilidades que cumplir, incluso ya se vale por sí mismo, disfruta su independencia y libertad, cosa que eso a mí me hace diferente a usted. Yo, en cambio, estoy en la búsqueda de la independencia. Ahora bien, me preocupa realmente cómo está usted hoy, ayer lo vi y me conmovió. Pensé en darle tanto cariño, pero no pude, tampoco supe cómo abordar el asunto, pero sus ojos y su cara dijeron muchas cosas. Traté de ayudarlo, ojalá haya resultado lo mejor. Yo, en realidad le deseo que su situación se solvente, pienso que usted tiene lo que necesita, pero debe saber abordarlo. Tenemos semanas reuniéndonos y hablándonos sobre su estado, yo le pregunto a usted, usted me cuenta y así pasa el tiempo hasta que yo trato de darle una respuesta siendo toda oídos porque su mayor necesidad es desahogarse. También he pensado en la necesidad que ha estrechado conmigo, no sé qué nos pasa, no sé qué le pasa que a usted le gusta mi compañía y a mí me gusta la suya. ¡Qué coincidencia!... Hay algo que resulta más raro de todo ésto, lo parecido y diferente que somos y cómo la planta ha ido creciendo. Nadie ha querido regarla porque comprometerse a que la cosecha crezca es una responsabilidad, pero lo que sí se sabe es que el sol sale cada día y la planta no es de sombra, es de luz. Así que, yo no sé cómo seguir explicando mi inquietud hacia usted, siempre me siento bien con usted, pero ayer quise protegerlo, quise acompañarlo, pero las decisiones siempre cambian y yo no fui la indicada. Yo simplemente llegué a su vida como el destino se empeña en que las cosas aparezcan. Yo no sé si usted recuerda cómo se fue conformando ésto, pero llevamos más de cuatro meses en este plan y cada quien tiene su vida, pero el pensar señor, el estar, el haber amanecido un par de veces, hace que me detenga y piense en usted, en mí, en esta mentira. En la que nos lleváremos cada uno por su cuenta, en la que no tengamos que darle vuelta, y pienso que usted me aprecia, pienso que yo también lo aprecio y en que hay gestos de su cara que demuestran gratitud. No sé, son tantas cosas las que puedo leerle. Y sigo preocupada, y espero que esto acabe o que pase lo que tenga que pasar, y que la sinceridad se muestre en cada uno de nosotros. Tampoco hagamos un tratado de moral y ética, más bien hagamos uno en contra de ese. Hagamos uno con el que nos sintamos bien, donde seamos nosotros y donde nos identifiquemos, pero yo sé que de eso nunca hablamos. Nunca hemos hablado de lo que sentimos, nunca nos hemos mirado bien a los ojos para expresar ¿qué es “esto”? He pensado en decírselo, pero si se lo digo me sentiría inmoral y despiadada, pero no dejo de imaginarme un momento. Y pienso que si nos quedamos otra noche como alguna vez lo hicimos, podríamos disfrutar la noche a plenitud, podríamos hablar sobre los cuentos de Las Mil y Una noches. Yo podría enseñárselos, mientras usted me muestra líneas de su cuerpo y yo trate de descifrarlas, y leerlas en voz alta para que usted pueda escuchar lo que mi interpretación dicta. Y así entendernos, y así usted sentirse entendido y yo sentirme entendida, y ser más confidentes de lo que hemos sido, pero el problema está en que nunca hemos hablado de eso, y yo no quiero enredarme con usted, yo simplemente quiero que usted se dé cuenta de que conoció a alguien diferente y que por algo estamos aquí. Esos desencuentros que hemos tenido con la vida, yo le aseguro que se van a reponer y vamos a hablarlos algún día. Yo lo invito a que hablemos de eso, pero usted tiene que estar de acuerdo. Yo estar dispuesta y usted entregarse. Eso sería interesante. Tratemos de buscar ese momento y yo espero que así sea, yo espero que antes de estos días que me quedan para despegar por un tiempo, usted sepa, usted entienda y si no lee esto, me gustaría acertar en su pensamiento. Creer que usted alguna vez se ha planteado toda esta locura y satisfacerme de que yo no estoy tan equivocada, no pensar tanto en esta historia como un error sino como un viaje mutuo. No se asuste, no piense que esto se fue más allá, las fronteras usted y yo las conocimos, eso sí tanto usted, como yo sabemos cuántas veces las hemos cruzado y nos hemos devuelto. Pero aquí estamos, así somos, así nos percibimos, tan parecidos y tan ajenos uno del otro, tan pertenecientes a la nada y seguimos, somos dos. Usted y yo queriendo señorearnos a la edad de veinticuatro años donde el tiempo es un instante, donde los encuentros son remotos, pero queremos escapar juntos, ser evasivos ante la misma realidad que nos conforma. La misma que nos ha identificado en el espacio que hemos compartido. 

Ustedes y Nosotros, Mario Benedetti


Ustedes cuando aman 
exigen bienestar 
una cama de cedro 
y un colchón especial 

nosotros cuando amamos 
es fácil de arreglar 
con sábanas qué bueno 
sin sábanas da igual 

ustedes cuando aman 
calculan interés 
y cuando se desaman 
calculan otra vez 

nosotros cuando amamos 
es como renacer 
y si nos desamamos 
no la pasamos bien 

ustedes cuando aman 
son de otra magnitud 
hay fotos chismes prensa 
y el amor es un boom 

nosotros cuando amamos 
es un amor común 
tan simple y tan sabroso 
como tener salud 

ustedes cuando aman 
consultan el reloj 
porque el tiempo que pierden 
vale medio millón 

nosotros cuando amamos 
sin prisa y con fervor 
gozamos y nos sale 
barata la función 

ustedes cuando aman 
al analista van 
él es quien dictamina 
si lo hacen bien o mal 

nosotros cuando amamos 
sin tanta cortedad 
el subconsciente piola 
se pone a disfrutar 

ustedes cuando aman 
exigen bienestar 
una cama de cedro 
y un colchón especial 

nosotros cuando amamos 
es fácil de arreglar 
con sábanas qué bueno 
sin sábanas da igual.

La foto, Luis Britto García


Era color sepia pero la copia actual, ampliada, es gris y hasta cierto punto brumosa. De izquierda a derecha, en primera fila, sentados: joven de mirada profunda y cabellos con gomina, camisa manga corta y pantalones a rayas; a su lado, joven flaco con grandes entradas, las manos sobre las rodillas, el cordel de un zapato desatado; a su lado, joven parecido a Ramón Novarro, mejillas chupadas y un paltó doblado sobre las piernas; a su lado, joven con lentes redondos, montura metálica, peinado con la raya en el medio, un peine en el bolsillo de la camisa; a su lado, joven con mirada de desnutrido que parece estar observando las nubes o deslumbrado por el sol del patio de la prisión, y de él llama la atención ese gesto y no la ropa que tiene o cómo es su cara; a su lado, joven con bigotes y corbata de lacito y camisa a rayas grises; a su lado, una pierna doblada y la otra extendida, joven gordinflón, con el aire de quien acaba de caer sentado. Agachados: joven que sonríe, joven que está serio, joven que mira con intensidad, joven que parece aburrido, joven que mira a la derecha, joven que pone gesto trágico, joven a punto de dejar de ser joven. Parados: joven con las manos cruzadas sobre el pubis, joven con los brazos cruzados sobre el pecho, joven con los brazos a la espalda, joven con los brazos caídos, joven con los brazos en los bolsillos, joven que sostiene un paltó en el brazo, joven con la mano derecha en el hombro izquierdo. La ropa, se ve muy ajada, quizá por lo pasada de moda, quizá porque la foto fue tomada a la semana de estar presos y no dejaban pasar envíos de ropa limpia desde afuera. No se nota ningún detalle del patio del cuartel.
De izquierda a derecha, el tercero, parado, fue el del discurso que después le dirían fogoso, tenía cosas como aquí está la juventud y cumplimos con el llamado, a él lo pusieron preso por decirlo y a los demás porque aplaudieron, tres meses después lo botaron del país pero al fin llegó a Ministro. El primero, sentado, dos años más tarde murió de un tiro de fusil al tratar de cruzar la frontera disfrazado de peón. El tercero, segunda fila, fue el que compartió con el Presidente la comisión de cincuenta millones que los norteamericanos pagaron para tener más concesiones petroleras que los ingleses. El cuarto, primera fila, estuvo preso otra vez durante la dictadura, pasó en eso varios años, después fue Ministro de Relaciones Interiores y participó en la desaparición del estudiante Alberto Méndez, cuyo cuerpo fue horriblemente mutilado, etc. El segundo, primera fila, fundó publicaciones humorísticas y murió de hambre. El quinto, tercera fila, fue el tronco de abogado que le gestionó a los americanos las concesiones del hierro. El cuarto, segunda fila, era marico. El séptimo, primera fila, nadie se acuerda quien era.
En cuanto al tercero, primera fila, participó en la gran venta de inmuebles de propiedad pública y después se descubrió que él actuaba a la vez como abogado de la Nación y de la empresa compradora. El quinto, segunda fila, fue llevado al Consejo de Ministros para que pusiera la fuerza hidroeléctrica de Guayana en manos de la familia Umeres. El sexto, primera fila, montó la empresa constructora que acaparó los contratos de obras públicas mientras era Ministro el séptimo, segunda fila, que era propietario del noventa por ciento de las acciones. El quinto, primera fila, compró en cien mil bolívares su nominación como diputado por el gran partido popular y vendió su voto en tres millones cuando se discutía la reforma tributaria.
El segundo, tercera fila, llegó a Presidente e hizo respectivamente, matar, encarcelar y expulsar del país, al primero, segunda fila, primero, tercera fila, segundo, tercera fila, y sexto, primera fila. El cuarto, tercera fila, se puso de acuerdo con el sexto, misma fila -para entonces Ministro-, se hizo expropiar sus haciendas por el cuádruplo de su valor y ahora es banquero. El sexto, segunda fila, anda con un cáncer en la próstata. A la hija del tercero, primera fila, yo me la cogí.
La foto está cada día peor y la gente se parece menos. La publicaron primero en el Libro Rojo de la Subversión, y después ha ido dando tumbos hasta aparecer en Memorias de una Vida Política, que el cuarto, primera fila, escribiera en Antibes. Por aquí y por allá, sobre una que otra cabeza, hay crucecitas, y a veces hay dos cabezas muy juntas y no se sabe de quién es la crucecita.
El mundo da muchas vueltas.

En Rajatabla, 1970


Crónica de una muerte anunciada, Gabriel García Márquez, (Fragmento)

Santiago Nasar se fue. La gente se había situado en la plaza como en los días de desfiles. Todos lo vieron salir, y todos comprendieron que ya sabía que lo iban a matar, y estaba tan azorado que no encontraba el camino de su casa. Dicen que alguien gritó desde un balcón: «Por ahí no, turco, por el puerto viejo». Santiago Nasar buscó la voz. Yamil Shaium le gritó que se metiera en su tienda, y entró a buscar su escopeta de caza, pero no recordó dónde había escondido los cartuchos. De todos lados empezaron a gritarle, y Santiago Nasar dio varias vueltas al revés y al derecho, deslumbrado por tantas voces a la vez. Era evidente que se dirigía a su casa por la puerta de la cocina, pero de pronto debió darse cuenta de que estaba abierta la puerta principal.
Ahí viene -dijo Pedro Vicario.
Ambos lo habían visto al mismo tiempo. Pablo Vicario se quitó el saco, lo puso en el taburete, y desenvolvió el cuchillo en forma de alfanje. Antes de abandonar la tienda, sin ponerse de acuerdo, ambos se santiguaron. Entonces Clotilde Armenta agarró a Pedro Vicario por la camisa y le gritó a Santiago Nasar que corriera porque lo iban a matar. Fue un grito tan apremiante que apagó a los otros. «Al principio se asustó -me dijo Clotilde Armenta-, porque no sabía quién le estaba gritando, ni de dónde.» Pero cuando la vio a ella vio también a Pedro Vicario, que la tiró por tierra con un empellón, y alcanzó al hermano. Santiago Nasar estaba a menos de 50 metros de su casa, y corrió hacia la puerta principal.
Cinco minutos antes, en la cocina, Victoria Guzmán le había contado a Plácida Linero lo que ya todo el mundo sabía. Plácida Linero era una mujer de nervios firmes, así que no dejó traslucir ningún signo de alarma. Le preguntó a Victoria Guzmán si le había dicho algo a su hijo, y ella le mintió a conciencia, pues contestó que todavía no sabía nada cuando él bajó a tomar el café. En la sala, donde seguía trapeando los pisos, Divina Flor vio al mismo tiempo que Santiago Nasar entró por la puerta de la plaza y subió por las escaleras de buque de los dormitorios. «Fue una visión nítida», me contó Divina Flor. «Llevaba el vestido blanco, y algo en la mano que no pude ver bien, pero me pareció un ramo de rosas.» De modo que cuando Plácida Linero le preguntó por él, Divina Flor la tranquilizó.
-Subió al cuarto hace un minuto -le dijo.
Plácida Linero vio entonces el papel en el suelo, pero no pensó en recogerlo, y sólo se enteró de lo que decía cuando alguien se lo mostró más tarde en la confusión de la tragedia. A través de la puerta vio a los hermanos Vicario que venían corriendo hacia la casa con los cuchillos desnudos. Desde el lugar en que ella se encontraba podía verlos a ellos, pero no alcanzaba a ver a su hijo que corría desde otro ángulo hacia la puerta. «Pensé que querían meterse para matarlo dentro de la casa», me dijo. Entonces corrió hacia la puerta y la cerró de un golpe. Estaba pasando la tranca cuando oyó los gritos de Santiago Nasar, y oyó los puñetazos de terror en la puerta, pero creyó que él estaba arriba, insultando a los hermanos Vicario desde el balcón de su dormitorio. Subió a ayudarlo.
Santiago Nasar necesitaba apenas unos segundos para entrar cuando se cerró la puerta. Alcanzó a golpear varias veces con los puños, y en seguida se volvió para enfrentarse a manos limpias con sus enemigos. «Me asusté cuando lo vi de frente ---me dijo Pablo Vicario-, porque me pareció como dos veces más grande de lo que era.» Santiago Nasar levantó la mano para parar el primer golpe de Pedro Vicario, que lo atacó por el flanco derecho con el cuchillo recto.
-¡Hijos de puta! -gritó.
El cuchillo le atravesó la palma de la mano derecha, y luego se le hundió hasta el fondo en el costado. Todos oyeron su grito de dolor.
-¡Ay mi madre!
Pedro Vicario volvió a retirar el cuchillo con su pulso fiero de matarife, y le asestó un segundo golpe casi en el mismo lugar. «Lo raro es que el cuchillo volvía a salir limpio -declaró Pedro Vicario al instructor-. Le había dado por lo menos tres veces y no había una gota de sangre.» Santiago Nasar se torció con los brazos cruzados sobre el vientre después de la tercera cuchillada, soltó un quejido de becerro, y trató de darles la espalda. Pablo Vicario, que estaba a su izquierda con el cuchillo curvo, le asestó entonces la única cuchillada en el lomo, y un chorro de sangre a alta presión le empapó la camisa. «Olía como él», me dijo. Tres veces herido de muerte, Santiago Nasar les dio otra vez el frente, y se apoyó de espaldas contra la puerta de su madre, sin la menor resistencia, como si sólo quisiera ayudar a que acabaran de matarlo por partes iguales. «No volvió a gritar --dijo Pedro Vicario al instructor-. Al contrario: me pareció que se estaba riendo.» Entonces ambos siguieron acuchillándolo contra la puerta, con golpes alternos y fáciles, flotando en el remanso deslumbrante que encontraron del otro lado del miedo. No oyeron los gritos del pueblo entero espantado de su propio crimen. «Me sentía como cuando uno va corriendo en un caballo», declaró Pablo Vicario. Pero ambos despertaron de pronto a la realidad, porque estaban exhaustos, y sin embargo les parecía que Santiago Nasar no se iba a derrumbar nunca. «¡Mierda, primo -me dijo Pablo Vicario-, no te imaginas lo difícil que es matar a un hombre!» Tratando de acabar para siempre, Pedro Vicario le buscó el corazón, pero se lo buscó casi en la axila, donde lo tienen los cerdos. En realidad Santiago Nasar no caía porque ellos mismos lo estaban sosteniendo a cuchilladas contra la puerta. Desesperado, Pablo Vicario le dio un tajo horizontal en el vientre, y los intestinos completos afloraron con una explosión. Pedro Vicario iba a hacer lo mismo, pero el pulso se le torció de horror, y le dio un tajo extraviado en el muslo. Santiago Nasar permaneció todavía un instante apoyado contra la puerta, hasta que vio sus propias vísceras al sol, limpias y azules, y cayó de rodillas.
Después de buscarlo a gritos por los dormitorios, oyendo sin saber dónde otros gritos que no eran los suyos, Plácida Linero se asomó a la ventana de la plaza y vio a los gemelos Vicario que corrían hacia la iglesia. Iban perseguidos de cerca por Yamil Shaium, con su escopeta de matar tigres, y por otros árabes desarmados y Plácida Linero pensó que había pasado el peligro. Luego salió al balcón del dormitorio, y vio a Santiago Nasar frente a la puerta, bocabajo en el polvo, tratando de levantarse de su propia sangre. Se incorporó de medio lado, y se echó a andar en un estado de alucinación, sosteniendo con las manos las vísceras colgantes.
Caminó más de cien metros para darle la vuelta completa a la casa y entrar por la puerta de la cocina. Tuvo todavía bastante lucidez para no ir por la calle, que era el trayecto más largo, sino que entró por la casa contigua. Poncho Lanao, su esposa y sus cinco hijos no se habían enterado de lo que acababa de ocurrir a 20 pasos de su puerta. «Oímos la gritería -me dijo la esposa-, pero pensamos que era la fiesta del obispo.» Empezaban a desayunar cuando vieron entrar a Santiago Nasar empapado de sangre llevando en las manos el racimo de sus entrañas. Poncho Lanao me dijo: «Lo que nunca pude olvidar fue el terrible olor a mierda». Pero Argénida Lanao, la hija mayor, contó que Santiago Nasar caminaba con la prestancia de siempre, midiendo bien los pasos, y que su rostro de sarraceno con los rizos alborotados estaba más bello que nunca. Al pasar frente a la mesa les sonrió, y siguió a través de los dormitorios hasta la salida posterior de la casa. «Nos quedamos paralizados de susto», me dijo Argénida Lanao. Mi tía Wenefrida Márquez estaba desescamando un sábalo en el patio de su casa al otro lado del río, y lo vio descender las escalinatas del muelle antiguo buscando con paso firme el rumbo de su casa.
-¡Santiago, hijo --le gritó-, qué te pasa!
Santiago Nasar la reconoció.
-Que me mataron, niña Wene -dijo.
Tropezó en el último escalón, pero se incorporó de inmediato. «Hasta tuvo el cuidado de sacudir con la mano la tierra que le quedó en las tripas», me dijo mi tía Wene.
Después entró en su casa por la puerta trasera, que estaba abierta desde las seis, y se derrumbó de bruces en la cocina.