Pájaro azul,Charles Bukowski


hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí dentro, no voy
a permitir que nadie
te vea.

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero yo le echo whisky encima y me trago
el humo de los cigarrillos,
y las putas y los camareros
y los dependientes de ultramarinos
nunca se dan cuenta
de que esté ahí dentro.

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí abajo, ¿es que quieres
hacerme un lío?
¿es que quieres 
mis obras?
¿es que quieres que se hundan las ventas de mis libros
en Europa?

hay un pájaro azul en mi corazón
que quiere salir
pero soy demasiado listo, sólo le dejo salir
a veces por la noche
cuando todo el mundo duerme.
le digo ya sé que estás ahí,
no te pongas
triste.

luego lo vuelvo a introducir,
y él canta un poquito
ahí dentro, no le he dejado
morir del todo
y dormimos juntos
así
con nuestro
pacto secreto
y es tan tierno como
para hacer llorar
a un hombre, pero yo no
lloro,
¿lloras tú?

Derrota, Rafael Cadenas


Yo que no he tenido nunca un oficio
que ante todo competidor me he sentido débil
que perdí los mejores títulos para la vida
que apenas llego a un sitio ya quiero irme (creyendo que mudarme es una solución)
que he sido negado anticipadamente y escarnecido por los más aptos
que me arrimo a las paredes para no caer del todo
que soy objeto de risa para mí mismo que creí
que mi padre era eterno
que he sido humillado por profesores de literatura
que un día pregunté en qué podía ayudar y la respuesta fue una risotada
que no podré nunca formar un hogar, ni ser brillante, ni triunfar en la vida
que he sido abandonado por muchas personas porque casi no hablo
que tengo vergüenza por actos que no he cometido
que poco me ha faltado para echar a correr por la calle
que he perdido un centro que nunca tuve
que me he vuelto el hazmerreír de mucha gente por vivir en el limbo
que no encontraré nunca quién me soporte
que fui preterido en aras de personas más miserables que yo
que seguiré toda la vida así y que el año entrante seré muchas veces más burlado en mi ridícula ambición
que estoy cansado de recibir consejos de otros más aletargados que yo («Ud. es muy quedado, avíspese, despierte»)
que nunca podré viajar a la India
que he recibido favores sin dar nada en cambio
que ando por la ciudad de un lado a otro como una pluma
que me dejo llevar por los otros
que no tengo personalidad ni quiero tenerla
que todo el día tapo mi rebelión
que no me he ido a las guerrillas
que no he hecho nada por mi pueblo
que no soy de las FALN y me desespero por todas estas cosas y por otras cuya enumeración sería interminable
que no puedo salir de mi prisión
que he sido dado de baja en todas partes por inútil
que en realidad no he podido casarme ni ir a París ni tener un día sereno
que me niego a reconocer los hechos
que siempre babeo sobre mi historia
que soy imbécil y más que imbécil de nacimiento
que perdí el hilo del discurso que se ejecutaba en mí y no he podido encontrarlo
que no lloro cuando siento deseos de hacerlo
que llego tarde a todo
que he sido arruinado por tantas marchas y contramarchas
que ansío la inmovilidad perfecta y la prisa impecable
que no soy lo que soy ni lo que no soy
que a pesar de todo tengo un orgullo satánico aunque a ciertas horas haya sido humilde hasta igualarme a las piedras
que he vivido quince años en el mismo círculo
que me creí predestinado para algo fuera de lo común y nada he logrado
que nunca usaré corbata
que no encuentro mi cuerpo
que he percibido por relámpagos mi falsedad y no he podido derribarme, barrer todo y crear de mi indolencia, mi
flotación, mi extravío una frescura nueva, y obstinadamente me suicido al alcance de la mano
me levantaré del suelo más ridículo todavía para seguir burlándome de los otros y de mí hasta el día del juicio final.


La llegada, Fragolina Belano


El cielo grita con júbilo Aleluya
oigo desde la serranía del cielo los pájaros cantar.
Ella va llegando, se acerca.
Los ángeles hacen una fila de entrada para darle la bienvenida,
yo no estoy, pero veo la luz.
Se ilumina la tierra completa.
Ella no quiso que la viera porque nos despedimos antes.
El piano no deja de sonar,
la brisa no se detiene.
Se acerca el encuentro,
allá están los que siempre la han esperado
porque en el mundo siempre nos espera alguien
porque ella me dijo que nunca íbamos a separarnos
y su espíritu viaja, viaja hasta llegar
y llega alto, se eleva.
Anda,
queda camino.
Te espera cada uno de los dioses que has construido
Te espera más que un encuentro, te espera todo.
Sigue,
deja que Orfeo haga descansar tu alma.
Fragolina Belano
Julio 2012

El crimen, Tony Raskólnikov



"No es el hombre, es el mundo el que se ha vuelto anormal"
 (Artaud)

Vienen por mí, ya lo sé.  Aquí los espero, ya no tengo miedo.
Al momento de entregarle esos versos, y el ver primero su cara  extrañada al tomar el papel doblado, desdoblarlo con mucho cuidado, mientras yo la observaba buscando una reacción cualquiera, con mi sonrisa habitual de nuestros encuentros, ver que la extrañeza se manifestaba en una especie de horror, de pánico al contornear los ojos completamente y verme, buscando una explicación y conseguir en vez de palabras que dieran una razón de esto conseguirse con una sonrisa que se va borrando y mi mirada pasa de la alegría al cansancio de saberme delatado en esta prisión de ideas en la que vivimos, de allí mi rostro se transforma en una triste suplica de oportunidad.
Al parecer las viejas costumbres humanas todavía quedan un poco adheridas a ella, con algo de compasión y de justicia me dice:
-Te concedo unos minutos para que te vayas.
Nos despedimos con la mirada, cuantas cosas pueden expresar los ojos en momentos de premura, los míos, le dan un último adiós con rencor sabiendo que se convertirá en el dedo acusatorio de esta sociedad que apresa conciencias. Los suyos se despiden con una ignorancia de no saberse sometidos a este estado de supuesta perfección, encarcelándonos a vivir en modelos de conductas impuestos, donde la belleza del pensamiento del hombre fue fulminada, para que reine este silencio monótono,  pensamiento oscuro, iguales unas a otros sin que la luz de la razón toque sus sombras. Esta sociedad donde los versos son un crimen, donde la poesía es un alto delito, donde el poeta es el enemigo público número uno.
Por eso me denunciará, no es distinta como creí, no es una sobreviviente como yo y como otros tantos, solo piensa y hace lo que le ordenan. No le volveré a ver.
Salgo del punto de encuentro, comienzo a caminar rápidamente, mi piso queda a solo tres cuadras de donde me he  encontrado con ella, me invade una angustia que me hace correr, termino tropezando y empujando al mar de gente que se arrastra en contra corriente por la calle. Por fin alcanzo la puerta del edificio, abro la puerta con cierta desesperación del que se sabe perseguido, vuelo literalmente escaleras arriba, entro en mi apartamento, me tomo unos segundos y lo recorro con la mirada, fijo mi atención en el sillón de mi pequeña sala, allí me siento, estoy muy cansado…. No les será difícil encontrarme, me encuentro fichado por ellos, fui poeta de vocación antes de la prohibición, bueno sigo siendo poeta pero desde la clandestinidad, escondiendo mi trabajo como un cobarde, la prohibición…que irreal parece todo visto en este momento.
Los pensamientos de que hacer se tropiezan unos con otros, no sé por dónde empezar, estoy muy cansado… me cazarán como a una escoria, comprometería a cualquiera y mas a los que como yo fueron obligados a vivir bajo este silencio monótono.
Me siento un segundo a reflexionar, estoy muy cansado… vienen por mí, ya lo sé… estoy cansado de huir, desde el día de la prohibición, el ver cómo eran fusilados aquellos que siguieron disparando palabras desde las trincheras del pensamiento, desde que la gran mano de la sin razón acabó con lo que el ser humano podía liberarse en busca de una supuesta perfección, se nos impuso como oportunidad de vivir este silencio monótono, en el cual nos sumimos en esta vida perfecta y sin sentido. Estoy cansado… no quiero callar mas.
Oigo sirenas distantes, a lo mejor es un juego de mi imaginación, abro la ventana que da a la calle y me asomo, ríos de gentes caminan abajo, todos aparentemente al mismo ritmo, como guiados por un mismo mecanismo, no soporto esto, es imposible que se liberen sus conciencias. Me siento de nuevo en el sillón, estoy muy cansado… vienen por mí, ya lo sé…
Escucho las sirenas lejanas que van acercándose lenta e irremediablemente como mi destino. Por fin se detienen frente al edificio, lo intuyo porque cesan las sirenas y el abrir y cerrar de varias puertas de vehículos. Me levanto y arrastro el sillón frente a la puerta para esperarlos, estoy cansado de no ser quien soy, mejor acabo con esto de una manera digna, hasta poética podríamos decir. Escucho pasos atropellados  en las escaleras, vienen por mí, ya lo sé…
Los pasos se acercan, se detienen en frente de la puerta, tocan tres veces llaman a mi nombre en un tono tan suave que el que lo modula asemeja a un repartidor de encomiendas, me pongo de pie y recito “Para la libertad” de Miguel Hernández  a toda voz, sé que esto los enfurecerá, abajo en la calle la gente se detiene a ver qué pasa, estoy cansado… violentan la puerta y simplemente grito: "Prohibido prohibir”. Abajo la gente continua con su paso, con la monotonía, con sus vidas.

Mèlancolie,Dayana Fraile


esta tristeza se me va por las ramas
                                            se cuelga de lianas de plástico
me penetra silenciosa mientras grito

como toda bestia sagrada se adorna con cayenas
arde como un horizonte entre las manos
se unta mascarillas de pepino y miel

cerril                     montaraz
desorienta a los vecinos         lleva piedras en la boca

salvaje
villana

celebra el camino del abismo
no deja dormir
toma el agua directamente de las jarras
escucha discos de Chopin hasta bien entrada la noche

Infección, Andrés Caicedo


Bienaventurados los imbéciles,
porque de ellos es el reino de la tierra
Yo

El sol. Cómo estar sentado en un parque y no decir nada. La una y media de la tarde. Camino caminas. Caminar con un amigo y mirar a todo el mundo. Cali a estas horas es una ciudad extraña. Por eso es que digo esto. Por ser Cali y por ser extraña, y por ser a pesar de todo una ciudad ramera.
-Mirá, allá viene la negra esa.
-Francisco es así, como esas palabras, mientras se organiza el pelo con la mano y espera a que pasa ella. ¡Ja! Ser igual a todo el mundo.
Pasa la negra-modelo. Mira y no mira. Ridiculez. Sus 1,80 pasan y repasan. Sonríe con satisfacción. Camina más allá y ondula todo, toditico su cuerpo. Se pierde por fin entre la gente, ¿y queda pasando algo? No nada. Como siempre.
(Odiar es querer sin amar. Querer es luchar por aquello que se desea y odiar es no poder alcanzar por lo que se lucha. Amar es desear todo, luchar por todo, y aún así, seguir con el heroísmo de continuar amando. Odio mi calle, porque nunca se rebela a la vacuidad de los seres que pasan por ella. Odio los buses que cargan esperanzas con la muchacha de al lado, esperanzas como aquellas que se frustran en toda hora y en todas partes, buses que hacen pecar con los absurdos pensamientos, por eso, también detesto esos pensamientos: los míos, los de ella, pensamientos que recorren todo lo que saben vulnerable y no se cansan. Odio mis pasos, con su acostumbrada misión de ir siempre con rumbo fijo, pero maldiciendo tal obligación. Odio a Cali, una ciudad que espera, pero que no le abre las puertas a los desesperados)
Todo era igual a las otras veces. Una fiesta. Algo en lo cual uno trata desesperadamente de cambiar la tediosa rutina, pero nunca puede. Una fiesta igual a todas, con algunos seductores que hacen estragos en las virginidades femeninas… después, por allá… por Yumbo o Jamundí, donde usted quiera. Una fiesta con tres o cuatro muchachas que nos miran con lujuria mal disimulada. Una fiesta con numeritos que están mirando al que acaba de entrar, el tipo que se bajó de un carro último modelo. Una fiesta con uno que otro marica bien camuflado, y lo más chistoso de todo es que la que tiene al lado trata inútilmente de excitarlo con el codo o con la punta de los dedos. Una fiesta con muchachas que nunca se han dejado besar del novio, y que por equivocación son lindas. Y también con F. Upegui que entra pomposamente, viste una chaqueta roja, hace sus poses de ocasión y mira a todos lados para mirar-miradas. Una fiesta con la mamá de la dueña de casa, que admira el baile de su hijita pero la muy estúpida no se imagina si quiera lo que hace su distinguida hija cuando está sola con un muchacho, y le gusta de veras. Una fiesta donde los más hipócritas creen estar con Dios, maldita sea, y lo que están es defecándose por poder amachinar a la novia de su amigo… piensan en Dios y se defecan con toda calma mientras piensas en poder quitársela.
(Sí, odio a Cali, una ciudad con unos habitantes que caminan y caminan… y piensan en todo, y no saben si son felices, no pueden asegurarlo. Odio a mi cuerpo y mi alma, dos cosas importantes, rebeldes a los cuidados y normas de la maldita sociedad. Odio mi pelo, un pelo cansado de atenciones estúpidas, un pelo que puede originar las mil y una importancias en las fuentes de soda. Odio la fachada de mi casa, por estar mirando siempre con envidia a la de la casa del frente. Odio a los muchachitos que juegan fútbol en las calles, y que con crueldades y su balón mal inflado tratan de olvidar que tienen que luchar con todas sus fuerzas para defender su inocencia. Sí, odio a los culicagados que cierran los ojos a la angustia de más tarde, la que nunca se cansan de atormentar todo lo que encuentra… para seguir otra vez así: con todo nuevamente, agarrando todo, todo !. Odio a mis vecinos quienes creen encontrar en un cansado saludo mío el futuro de la patria. Odio todo lo que tengo de cielo para mirar, sí, todo lo que alcanzo, porque nunca he podido encontrar en él la parte exacta donde  habita Dios.)
Conozco un amigo que le da miedo pensar en él, porque sabe que todo lo de él es mentira, que él mismo es una mentira, pero que nunca ha podido –puede- podrá aceptarlo. Sí, es un amigo que trata de ser fiel, pero no puede, no, lo imposibilita su cobardía.
(Odio a mis amigos… uno por uno. Unas personas que nunca han tratado de imitar mi angustia. Personas que creen vivir felices, y lo peor de todo es que yo nunca puedo pensar así. Odio a mis amigas, por tener entre ellas tanta mayoría de indiferencia. Las odio cuando acaban de bailar y se burlan de su pareja, las odio cuando tratan de aparentar el sentimiento inverso al que realmente sienten. Las odio cuando no tratan de pensar en estar mañana conmigo, en la misma hora y en la misma cama. Odio a mis amigas, porque su pelo es casi tan artificial como sus pensamientos, las odio porque ninguna sabe bailar go-go mejor que yo, o porque todavía no he conocida ninguna de 15 años que valga la pena para algo inmaterial. Las odio porque creen encontrar en mí el tónico ideal para quitar complejos, pero no saben que yo los tengo en cantidades mayores que los de ellas… por montones. Las odio, y por eso no se lo dejo de hacer porque las quiero y aún no he aprendido a amarles.)
No sé, pero para mí lo peor de este mundo es el sentimiento de impotencia. Darse cuenta uno de que todo lo que hace no sirve para nada. Estar uno convencido que hace algo importante, mientras hay cosas mucho más importantes por hacer, para darse cuenta que se sigue en el mismo estado, que no se gana nada, que o se avanza terreno, que se estanca, que se patina. Rrrrrrrrrrr rrrr-rrrrrrrrr rr-rrrrrrrrr-rrrrrrrrrrrrrrr. No poder uno multiplicar talentos, estar uno convencido que está en este mundo haciendo un papel de estúpido, para mirar a Dios todos los días sin hacerle caso. ¿Y qué? ¿Busca algo positivo uno? ¿Lo encuentras? Ah, no. Lo único que hace usted es comer mierda. Vamos hombre, no importa en qué forma se encuentra su estómago, piense en su salvación, en su destino, por Dios, en su destino, pero está bien, eso no importa. ¿Qué no? Vea, convénzase: por más que uno haga maromas en esta vida, por más que se contorsione entre las apariencias y haga volteretas en medio de los ideales, desemboca uno a la misma parte, siempre lo mismo… lo mismo de siempre. Pero eso no importa, no lo tome tan en serio, porque lo más chistoso, lo más triste de todo es que UD. Se puede quedar tranquilamente, s u a v e m e n t e,  d e f e c á n d o s e, p u d r i é n d o s e,  p o c o  a   p o c o,   t ó m e l o   c o n   c a l m a… ¡Calma! ¡Por Dios, tómelo con calma!
(Odio la avenida sexta por creer encontrar en ella la bienhechora importancia de la verdadera personalidad. Odio el Club Campestre por ser a la vez un lugar estúpido, artificial e hipócrita. Odio el teatro Calima por estar siempre los sábados lleno de gente conocida. Odio al muchacho contento que pasa al lado que perdió al fin del año cinco materias, pero eso no le importa, porque su amiga se dejó besar en su propia cama. Odio a los maricas por estúpidos en toda la extensión de la palabra. Odio a mis maestros y sus intachables hipocresías. Odio las malditas horas de estudio por conseguir una maldita nota. Odio a todos ellos que se cagan en la juventud todos los días.)
(¿Es que sabes una cosa? Yo me siento que no pertenezco a este ambiente, a esta falsedad, a esta hipocresía. Y ¿Qué hago? No he nacido en esta clase social, por eso es que te digo que no es fácil salirme de ella. Mi familia está integrada en esta clase social que yo combato, ¿Qué hago? Sí, yo he tragado, he cagado este ambiente durante quince años, y, por Dios, ahora casi no puedo salirme de él. Dices que ¿por qué vivo yo todo angustiado y pesimista? ¿Te parece poco estar toda la vida rodeado de amistades, pero no encontrar siquiera una que se parezca a mí? No sé que voy a poder hacer. Pero a pesar de todo, la gloria está al final del camino, si no importa.)
(La odio a ella por no haber podido vencer a su propia conciencia y a sus falsas libertades. La odio porque me demostró demasiado rápido que me quería y me deseaba, pero después no supo responder a estas demostraciones. La odio porque no las supo demostrar, pero ese día se fue cargando con ellas para su cama. Yo la quiero muchacha estúpida, ¿no se da cuenta? Pero apartándonos de eso la odio porque me originó un problema el berraco y porque siempre se iban con mis palabras, con mis gestos y mis caricias, con todo… otra vez para su cama. Pero, tal vez, para nosotros exista otra gloria al final del camino, si es que todavía nos queda un camino… quién sabe…
Odio a todas las putas por andar vendiendo añoraciones falsas en todas sus casas y calles. Odio las misas mal oídas… Odio todas las misas. Me odio, por no saber encontrar mi misión verdadera. Por eso me odio… y a ustedes ¿les importa?
Sí, odio todo esto, todo eso, todo. Y la odio porque lucho por conseguirla, unas veces puedo vencer, otras no. Por eso la odio, porque lucho por su compañía. La odio porque odiar es querer y aprender a amar. ¿Me entienden? La odio, porque no he aprendido a amar y necesito de eso. Por eso odio a todo el mundo, no dejo de odiar a nadie, a nada…
A nada
A nadie
¡Sin excepción!)


En Calicalabozo,2008

El vacío, Tony Raskólnikov



Todavía recordaba claramente aquel día. El sol en lo alto, la brisa suave que movía el globo comprado en la entrada, la cálida mano de su padre sosteniéndole la suya. Ese calor del hombre del bigote que veía en visitas programadas. Hasta un buen día donde rodó por un precipicio en su auto y más nunca volvió. Aun recordaba ese día, cuando subieron a la montaña rusa, la sensación del vacío que creaba la caída en el estomago y… aquella sensación al subir los brazos. Una cosquilla que sintió por primera vez, allá abajo, o bueno eso creía ella en ese momento. Fue tan gratificante que insistió una y otra vez al hombre del bigote que repitieran la experiencia y éste por complacerla se subió una y otra vez. Ella nunca se imagino que esa sensación que le creó el vacío la volvería a experimentar una cantidad de años después cuando ese chico con el que se aventuró en su adolescencia la penetró con toda la torpeza de la inexperiencia.  Tras unos breves espasmos logró hacerla evocar el preciso momento en donde el gusanito se precipitaba y esa cosquilla que la hizo insistir una y otra vez al hombre del bigote, ese misterioso hombre para ella, que la acompaño por el resto de sus días en cada momento de placer, donde el cuerpo le temblaba y los ojos se entornaban hacia atrás y venia ese vacío, allí estaba el recuerdo del hombre del bigote. Lo que ella menos iba a imaginar era que tantos años después vencida por la tristeza, un instante antes de reventarse contra el pavimento, en el vacío de la caída desde un piso trece, justo antes, la cosquilla allá abajo y el recuerdo del hombre del bigote.