La frontera del arte, Eduardo Galeano



Fue la batalla más larga de cuantas se pelearon en Tuscatlán o en cualquier otra región de El Salvador. Empezó a la medianoche, cuando las primeras granadas cayeron sobre la loma, y duró toda la noche y hasta la tarde del día siguiente. Los militares decían que Cinquera era inexpugnable. Cuatro veces la habían asaltado los guerrilleros, y cuatro veces habían fracasado. La quinta vez, cuando se alzó la bandera blanca en el mástil de la comandancia, los tiros al aire empezaron los festejos.
Julio Ama, que peleaba y fotografiaba la guerra, andaba caminando por las calles. Llevaba su fusil en la mano y la cámara, también cargada y lista para disparar, colgada del cuello. Andaba Julio por las calles, polvorientas, en busca de los hermanos gemelos. Esos gemelos eran los únicos sobrevivientes de una aldea exterminada por el ejército. Tenían dieciséis años. Les gustaba combatir junto a Julio: y en las entreguerras, él les enseñaba a leer y a fotografiar. En el torbellino de esa batalla, Julio había perdido a los gemelos, y ahora no los veía entre los vivos ni entre los muertos.
Caminó a través del parque. En la esquina de la iglesia, se metió en un callejón. Y entonces, por fin, los encontró. Uno de los gemelos estaba sentado en el suelo, de espaldas contra un muro. Sobre sus rodillas, yacía el otro, bañado en sangre; y a los pies, en cruz, estaban los dos fusiles.
Julio se acercó, quizá dijo algo. El gemelo que vivía no dijo nada, ni se movió: estaba allí, pero no estaba. Sus ojos, que no pestañeaban, miraban sin ver, perdidos en alguna parte, en ninguna parte: y en esa cara sin lágrimas estaba toda la guerra y estaba todo el dolor.
Julio dejó su fusil en el suelo y empuñó la cámara. Corrió la película, calculó en un santiamén la luz y la distancia y puso en foco la imagen. Los hermanos estaban en el centro del visor, inmóviles, perfectamente recortados contra el muro recién mordido por las balas.
Julio iba a tomar la foto de su vida, pero el dedo no quiso. Julio lo intentó, volvió a intentarlo, y el dedo no quiso. Entonces, bajó la cámara, sin apretar el disparador, y se retiró en silencio.
La cámara, una Minolta, murió en otra batalla, ahogada en lluvia, un año después.


En El libro de los abrazos,1989

Rayuela (Fragmento), Julio Cortazar


Capítulo 7
    Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy  dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu  boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo  y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas,  con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
     Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

En Rayuela

Recordis, Tony Raskólnikov


Aun recuerdo el día en que nos despertaron de madrugada los golpes a la puerta. Los gritos. Mamá nerviosa a punto de romper en llanto. Papá calmándola con un beso. El abrazo de los tres con papá repitiendo una y otra vez: no pasa nada, es solo  algo de rutina. Sus últimas palabras a mí: cuida bien a tu mamá. La puerta abriéndose, papá saliendo…
Han pasado muchos años. He cuidado bastante bien a mamá. Yo todavía recuerdo esa noche de vez en cuando. Sé que ella la recuerda siempre.
Si dicen que recordis es volver a pasar por el corazón, ¿Cómo será ese paso de mamá?
Sé que mamá aun lo espera.

Cuando se dice la palabra amigo, Gustavo Pereira


Cuando se dice la palabra amigo se dice sólo lo indispensable
Vale decir
Hermano
Compañero
Familia
La vida que soñamos
El mar
Cotidianos sabores
Una cerveza bajo el limpio cielo
El olor a escafandra de cierto muelle
Una calle sola por donde desandamos nuestros huesos
Vale decir también
Agua cálida
El sol (que no es el mismo de otras partes)
Alguien en quien se piensa especialmente
Un hogar un rincón
No se dice Desprecio
Tampoco Humillación
Ni adiós
Ni escupitajo
Cuando se dice amigo se dice Certidumbre
Se dice Ternura
Se dice Costa Blanca y Común
Como Un Pan
Y se tiene una lámpara encendida en los ojos
Y un resplandor adentro

Descripción del payaso, Waldo Leyva


En mi ventana
en los hierros de mi ventana,
está sentado un payaso diminuto.
De loza son sus manos,
sus pies y su cabeza,
de charol sus zapatos.
Medio payaso viste de amarillo
­-el que está hacia la luz-
la otra mitad es verde como el gorro.
De gasa es la gorguera del payaso.
¿Por qué vuelve los ojos
hacia el techo?
Finge que va a subir por el barrote
pero no avanza,
su gesto detenido hace infinito
el movimiento.
Como no habla,
como niega sus ojos,
resulta más propicio para el diálogo.

Tiene la indiferencia de lo creado
Por el hombre.
Sabe que es inmortal,
que cada fragmento suyo
será siempre el payaso,
que la falta de odio
o de clemencia
lo tornan invencible.
¿Quién puso ese payaso en mi ventana?
¿En qué costa abandonó su casa?
¿A qué noche de junio pertenecen sus ojos?
¿Con qué polvo de luna le pintaron la cara?


En Los signos del comienzo (1967-2006), 2009

Un día de estos, Gabriel García Márquez


El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la situación, como la mirada de los sordos.
Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de resortes y se sentó a pulir la dentadura postiza. Parecía no pensar en lo que hacía, pero trabajaba con obstinación, pedaleando en la fresa incluso cuando no se servía de ella.
Después de las ocho hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana y vio dos gallinazos pensativos que se secaban al sol en el caballete de la casa vecina. Siguió trabajando con la idea de que antes del almuerzo volvería a llover. La voz destemplada de su hijo de once años lo sacó de su abstracción.
–Papá.
–Qué.
–Dice el alcalde que si le sacas una muela.
–Dile que no estoy aquí.
Estaba puliendo un diente de oro. Lo retiró a la distancia del brazo y lo examinó con los ojos a medio cerrar. En la salita de espera volvió a gritar su hijo.
–Dice que sí estás porque te está oyendo.
El dentista siguió examinando el diente. Sólo cuando lo puso en la mesa con los trabajos terminados, dijo:
–Mejor.
Volvió a operar la fresa. De una cajita de cartón donde guardaba las cosas por hacer, sacó un puente de varias piezas y empezó a pulir el oro.
–Papá.
–Qué.
Aún no había cambiado de expresión.
–Dice que si no le sacas la muela te pega un tiro.
Sin apresurarse, con un movimiento extremadamente tranquilo, dejó de pedalear en la fresa, la retiró del sillón y abrió por completo la gaveta inferior de la mesa. Allí estaba el revólver.
–Bueno –dijo–. Dile que venga a pegármelo.
Hizo girar el sillón hasta quedar de frente a la puerta, la mano apoyada en el borde de la gaveta. El alcalde apareció en el umbral. Se había afeitado la mejilla izquierda, pero en la otra, hinchada y dolorida, tenía una barba de cinco días. El dentista vio en sus ojos marchitos muchas noches de desesperación. Cerró la gaveta con la punta de los dedos y dijo suavemente:
–Siéntese.
–Buenos días –dijo el alcalde.
–Buenos –dijo el dentista.
Mientras hervían los instrumentos, el alcalde apoyó el cráneo en el cabezal de la silla y se sintió mejor. Respiraba un olor glacial. Era un gabinete pobre: una vieja silla de madera, la fresa de pedal, y una vidriera con pomos de loza. Frente a la silla, una ventana con un cancel de tela hasta la altura de un hombre. Cuando sintió que el dentista se acercaba, el alcalde afirmó los talones y abrió la boca.
Don Aurelio Escovar le movió la cara hacia la luz. Después de observar la muela dañada, ajustó la mandíbula con una cautelosa presión de los dedos.
–Tiene que ser sin anestesia –dijo.
–¿Por qué?
–Porque tiene un absceso.
El alcalde lo miró en los ojos.
–Está bien –dijo, y trató de sonreír. El dentista no le correspondió. Llevó a la mesa de trabajo la cacerola con los instrumentos hervidos y los sacó del agua con unas pinzas frías, todavía sin apresurarse. Después rodó la escupidera con la punta del zapato y fue a lavarse las manos en el aguamanil. Hizo todo sin mirar al alcalde. Pero el alcalde no lo perdió de vista.
Era una cordal inferior. El dentista abrió las piernas y apretó la muela con el gatillo caliente. El alcalde se aferró a las barras de la silla, descargó toda su fuerza en los pies y sintió un vacío helado en los riñones, pero no soltó un suspiro. El dentista sólo movió la muñeca. Sin rencor, más bien con una amarga ternura, dijo:
–Aquí nos paga veinte muertos, teniente.
El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero no suspiró hasta que no sintió salir la muela. Entonces la vio a través de las lágrimas. Le pareció tan extraña a su dolor, que no pudo entender la tortura de sus cinco noches anteriores. Inclinado sobre la escupidera, sudoroso, jadeante, se desabotonó la guerrera y buscó a tientas el pañuelo en el bolsillo del pantalón. El dentista le dio un trapo limpio.
–Séquese las lágrimas –dijo.
El alcalde lo hizo. Estaba temblando. Mientras el dentista se lavaba las manos, vio el cielorraso desfondado y una telaraña polvorienta con huevos de araña e insectos muertos. El dentista regresó secándose las manos. “Acuéstese –dijo– y haga buches de agua de sal.” El alcalde se puso de pie, se despidió con un displicente saludo militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin abotonarse la guerrera.
–Me pasa la cuenta –dijo.
– ¿A usted o al municipio?
El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica.
–Es la misma vaina.


En Todos los cuentos, 1983

GIN TONIC (7 P.M. ORIENTE), José Barroeta





Dotado por el tiempo verde
compro huesos en New York
boinas de Praga, tabernas largas
en el olvido.

Mi mano era un mesón.
Mi viento un hondo tinto jalando
memorias
gastados tiempos y alegrías altivas.

Yo era una mano
un capitán de mundo abierto
donde aterrizaban turistas
y monos hambrientos

Por mi boca de jarra partían los trenes
hacia las flores
iban y venían por túneles impresionistas
con carboncillos de Van Gogh y Gauguin.

En Italia compramos un sacerdote negro
para que bendijera las naves.
Salimos de Puerto de Palos el 3 de agosto
y hallamos una sangre inmensa azul
parecida al mar y al asombro.

Mi hijo menor se tiró por la borda
y vive aún
                                -tengo entendido-
con una tortuga libanesa amorosa y guerrera
como los cedros.

En Lepanto vimos el brazo manco de Cervantes
escribiendo novelas por encargo de un rey caprichoso
que nadaba todas las tardes acompañado de medusas
y por calamares contrarios.

A España regresé en el 36 y combatí en el Quinto
Regimiento
Yo amo de España la melancolía y mi alma trágica
a lomo de oveja por Castilla
dorada y taciturna como el viento sobre los muros.

El día que llegue a Venezuela
me voy a casar con una monja.
Voy a esconder el mar y no saldré más nunca
me moriré en un rincón aullando
y bebiendo molinos
                      acompañado por mis pavores
y por el cordero de dios que quita los pecados del mundo.




En Culpas de juglar, 1996