A veces sueño tan rápido
Que vienen los policías mamagüevos
Y me ponen multas
27 menos, Julie Hermoso
La casa
queda frente a la tierra baldía de los
poetas de Oliveros, W.C. de ambulantes, guarida de ladrones; donde nació Fragolina. No es que la Belano, alegre desahuciada, haya tenido un origen semejante al de
Jean-Baptiste, La Rana, Grenouille, sino que, para finales de siglo funcionaba
allí una clínica. Para entonces hacía mucho que la zona había perdido su
esplendor residencial y una variedad de comercios se disputaban el territorio. En
esta fase tardía las demoliciones y nuevas construcciones son el destino
manifiesto que la nostalgia ciega.
La imprenta
se niega a desaparecer derribada bajo una aplanadora o el aguacero discontinuo
que la hace pedazos a nuestro alrededor,
isla seca, en medio del miedo, músicos
acuáticos del Costa Concordia, ajenos al entusiasmo de los ilusos que no
aceptan el final: Hablando del suicidio
y la melancolía. Desde el jardín de Kosinsky, ofreciendo cake con café a los
autores, que no queremos envenenar y la misma suerte para los editores, que sí
queremos liquidar.
La muerte a
los veintisiete es un mito urbano, poblado de músicos celebres que sucumben en
la fiesta: Brian Jones, ahogado en una piscina, Jimi Hendrix, asfixiado
en su vómito combinado de vino y
somníferos. Janis Joplin, exceso de heroína,
Jim Morrison, insuficiencia cardíaca, Amy Winehouse,
intoxicación etílica.
Entre los veintisiete
y cualquier parte: Ernest Hemingway, escopetazo a la
cabeza. Vincent Van Gogh, tiro al pecho. Virginia Wolf, ahogada en el río Ouse.
Reinaldo Arenas, frente al mar. Tony Scott desde el puente Vincent Thomas y Robin Willians, ahorcado en su
habitación.
Maikovsky
fue suicidado de un balazo al corazón, dizque por los celos que Michel Foucault sentía
de Frida.
Jerzy dejó una nota: "Me he ido a dormir
por un rato mayor de lo habitual. Llamad Eternidad a ese rato".
La valla, Eduardo Liendo
Desde la tarde que me
suspendieron la incomunicación y salí del calabozo para recibir en el patio un
poco de sol y de brisa salobre, la valla adquirió su dimensión de reto. Cuando regresé al calabozo ya me había penetrado
la obsesión de la fuga. Mi corazón no estaba resignado a soportar la
servidumbre del tiempo detenido. Por eso, el reto de la vida tenía la forma de
esa cerca metálica, de no más de cinco metros de altura, enclavada en el patio
de la prisión. Del otro lado se encontraba la continuidad del tiempo y la
promesa de una libertad azarosa y mezquina. Era mi deber intentarlo. Cada vez
que salía al patio durante esa hora vespertina, mi atención se fijaba en tratar
de precisar cuál podía ser el punto más vulnerable de la valla, según la
colocación del guardia (el puma) y el momento propicio para saltarla. Era una
jugada que requería de tres elementos para ser perfecta: ingenio, velocidad y
testículos. Para no considerar la acción descabellada, debía descartar también
la mala suerte. Por ese motivo escogí, para intentarla, el día más beneficioso
de mi calendario: el 17.
Entre mi propósito de
fugarme (y seguramente el de otros prisioneros que caminaban pensativos por el
patio) y su feliz consumación, se interponía la dura y atenta mirada del puma
que siempre mantenía la subametralladora sin asegurador. Era un hombre en el
que fácilmente se podían apreciar la fiereza y la rapidez de decisión. Por su
aspecto físico resultaba un llamativo híbrido racial: una piel parda, curtida
por el mucho sol, ojos grises de brillo metálico y el pelo marrón ensortijado
La única ocasión en que me
aproximé con temeridad hasta la línea límite, marcada unos dos metros antes de
la valla, se escuchó el seco y amenazador grito del puma: ¡alto! (supe por
otros prisioneros más antiguos, que alguien al intentar saltarla, recibió una
ráfaga en las piernas.) Después del incidente, hice algunos esfuerzos por
cordializar con el guardián, tratando, de este modo, de ablandar su atención,
pero el puma no permitía el diálogo ni siquiera a distancia. Estaba hecho para
ese oficio, sin remordimientos. Lo máximo que obtuve de él, fue que un día de
Navidad me lanzara un cigarrillo a los pies desde su puesto.
Durante cinco años mi plan
de fuga se quedó en la audacia de lo imaginado. Por mi buena conducta fui
transferido del calabozo a una celda colectiva, hasta que el almanaque puso fin
a mi espera y obtuve la costosa libertad de forma legal y burocrática. Regresé
así a esa normalidad calumniada que tanto despreciamos.
De nuevo el tiempo había
recuperado su perdido sentido y mis reflejos comenzaron a adaptarse lentamente
a la prisa de la ciudad. La memoria de los días inmóviles se fue desdibujando.
Pero una noche, durante un sueño intranquilo, reapareció la valla con su reto.
Al principio logré asimilarlo como uno de esos indeseables recuerdos que con
mucho empeño logramos finalmente desgravar. Pero la misma visión comenzó a
repetirse cada vez más intensa, hasta transformarse en un signo alarmante que
surgía en cualquier situación. Eso me hizo detestar mi suerte: la libertad no
era más que una simulación, porque yo había quedado prisionero de la valla y
del miedo a saltarla.
Una mañana decidí visitar la
prisión y solicité hablar con el puma (Plutarco Contreras era su nombre). Me
recibió cordialmente y hasta mostró agrado cuando le dije que tenía una buena
readaptación a la nueva vida, que me desempeñaba como vendedor de enciclopedias
y estaba a punto de casarme. También a mí me sorprendió favorablemente no
encontrar en sus ojos la antigua dureza. Volví a verlo en varias ocasiones y se
estableció entre nosotros una relación amistosa. Una vez lo esperé hasta que
terminó sus obligaciones, conversamos un rato y yo le ofrecí como regalo un
llavero de plata con la cara de un puma. Antes de despedirme, con recelo le
pedí un favor, él estuvo de acuerdo y comprensivo con mi solicitud.
Cuando entramos al patio, su
mano descansaba con afecto sobre mi hombro. Después él se colocó en su sitio
habitual de vigilancia, mientras yo (exactamente como lo había pensado durante
años) me trepé por la valla metálica y salté hacia el otro lado del tiempo. Al
caer, sentí una súbita liberación. Me di vuelta para despedirme, y apenas tuve
tiempo de ver por un instante la terrible mirada del puma que me apuntaba con
el arma.
Lo siento –dijo antes de
disparar-, yo también esperé mucho tiempo esta oportunidad.
Instrucciones para ingresar en una nueva sociedad, Heberto Padilla.
Lo primero: optimista.
Lo segundo: atildado, comedido, obediente.
(Haber pasado todas las pruebas
deportivas).
Y finalmente andar
como lo hace cada miembro:
un paso al frente, y
dos o tres atrás:
pero siempre aplaudiendo.
Densidad de las mesas, Roberto Martínez Bachrich
La memoria -se sabe- es un
bosque terriblemente frondoso que esconde demasiados dragones. Y lo peor es que
todos echan fuego por la boca. Pero yo ya no estoy dispuesto a desempolvar
recuerdos buscando causas, aunque éstas aparezcan fulgurantes, siniestras y
efímeras cada cierto tiempo. Acepto, reconozco y asumo, por tanto, no haber
olvidado el hecho de que a mi madre la mató una mesa. Aspiraba la alfombra del
comedor y se llevó con el hombro unoa de las patas del pesado y viejo mesón de
caoba de mis bisabuelos. La mesa se desplomó y la aplastó. Fue espantoso ver a
mi padre y a mi tío sacar el cadáver, ver sus muecas desconcertadas y el
estigma de vivir abolidos por la absurda muerte tallado en sus facciones; pero
estos hórridos detalles ahora no tienen ninguna importancia. Como tampoco tiene
ninguna importancia el redescubrir cada mañana en el espejo la insolente
cicatriz que surca todo el lado izquierdo de mi cara y que fue causada,
también, por una mesa vil, tres años después de la muerte de mi madre.
El asunto es que llevo una
semana teniendo pesadillas con mesas que me torturan e intentan asesinarme. El
asunto es que no soporto la densidad de las mesas en éste, mi apartamento.
Cuando Pancha llegó esta
mañana –después de un desaforado retraso-, le dije que dedicaríamos el día a
botar las mesas. Ella me miró sorprendida durante unos quince segundos, luego
me respondió con una heroica resignación que como yo mandara. Pancha tiene toda
una vida trabajando con mi familia. Mi madre la contrató (casi podría decir que
la adoptó) cuando apenas era una muchachita. Mucho después, cuando murió mi
padre, Irene y yo “heredamos” a Pancha. Así que ha presenciado varias de “mis
manías” (así las llamaba Irene) anteriores: las plantas, los televisores, los
libros con tapas de cuero y qué sé yo cuántas más. De allí que ya nada la sorprenda por un lapso
mayor de quince segundos: Pancha también presenció mi divorcio y las crudas
guerras entre Irene y yo los últimos meses del matrimonio. Esa era la época en
que no podía dormir por culpa de las plantas dentro de la casa y en el balcón.
Ese zumbido insoportable de las hojas mecidas por el viento me mantenía en vilo
noches enteras y durante el día anulaba mi concentración por completo.,
prohibiéndome escribir los reportajes para Economía
al día. Siempre pensaba que sería
feliz unas horas cuando iba a las reuniones de la revista, pero mi desilusión
era universal al pisar la oficina y ver que había matas de plástico en cada
rincón, y que el aire acondicionado también movía sus hojas, y que el sonido
artificial era mucho peor que el natural.
Una mañana Irene se despertó
y se dio cuenta de que había tirado todas sus matas por el balcón (Pancha me
ayudó: en el fondo le hacían gracia “mis manías”, y le ahorraban trabajo).
Nunca la vi tan furiosa. Me dijo todas las groserías e insultos que había
aprendido en sus cuarenta años. Me cacheteó, me golpeó, me pateó y cuando se
enteró de que Pancha me había ayudado, la despidió sin pensarlo dos veces. Yo
aceptaba sus cañazos e improperios callado e inmóvil. Comprendía su rabia (las
plantas siempre han sido su pasión), aunque me dolía que ella no lo entendiera:
definitivamente yo no podía seguir viviendo con ese ruido, la cuestión no era
tan simple como una “manía” que se puede anular y olvidar con pastillas, era un
asunto vital y una elección decisiva: las plantas o yo. Pancha observaba con
cara de tragedia desde la cocina – cuando llegaron la conserje y el presidente
de la junta de condominio al
apartamento. Tenían caras de hienas en celo y con mal de rabia. Exigían una
explicación convincente respecto a los porrones rotos y las matas en la calle,
o tendrían que echarnos del edificio. El apartamento aún era alquilado. Irene
les dijo que me preguntaran a mí, y que a ella no la iban a botar de ningún edificio
porque se iba solita, ahora mismo. Irene se fue al cuarto y yo les expliqué que
había sido una pelea terrible, cosas de pareja, y que no se repetiría, se los
aseguro, mientras mandaba a Pancha a recoger el desastre abajo. La conserje
arguyó con su voz de limón podrido –el presidente de la junta era otro en aquel
entonces- que lo mismo había dicho cuando cayeron los dos televisores en la
calle. Pedí disculpas un millón de veces y juré que nuca más pasaría nada por
el estilo. Mientras tanto Irene salió con sus maletas y me dijo que quería el
divorcio. Cuando se cerraron las puertas del ascensor miré a la conserje y al
presidente con las cejas en el tope de la frente: ellos entendieron que, si el
divorcio era un hecho, hasta ese día llegaban las peleas terribles y la lluvia
de matas y televisores. Cuando cerré la puerta encontré los ojos de Pancha
abiertos y llorosos como dos inmensos lagos de barro. Me preguntó si realmente
estaba despedida y le aseguré que no, que Irene ya no vivía aquí.
Pensé que la ausencia de
Irene se me haría terrible pero b fue así. En un par de semanas hasta me
parecía extraño haber estado casado con ella quince años. Claro, durante esos
días pasaron varias cosas interesantes. El periódico más importante del país me
ofreció una columna diaria en sus páginas de economía. Aunque podía escribir lo
que se me viniera en gana, era un trabajo duro, pues había que entregar dos
cuartillas diarias de domingo a viernes; pero el pago era jugosísimo y, en el
fondo, resultaría mucho mejor que los trabajos por encargo de Economía al día. Por otro lado, nunca
tendría que ir hasta el periódico (mandaría los artículos por fax) y no me
calaría ya las aburridas reuniones de la revista, ni sus matas plásticas.
Además, la administradora me informó que mi contrato de alquiler se acaba
pronto y que el apartamento se pondría en venta. Renuncié a la revista y con la
liquidación y un crédito en el banco pagué la inicial del apartamento.
Pero no quiero alejarme de
las mesas, aunque parezca inevitable: es lógico evadir a los monstruos, es
natural no querer hablar de ellos, no respirarlos. Hay que sobreponerse a ver
si se logra algún exorcismo. Lo de las mesas, pues, empezó como una inofensiva
amenaza onírica. Sin embargo, noche a noche la amenaza se iba tornando más y
más temible. Soñaba (pesadillaba, quiero decir) con mesas de madera, hierro,
plástico o vidrio. Cuadradas, redondas, rectangulares u ovoidales. Blancas,
marrones, verdes, transparentes, en fin… con toda la gama y variedad de mesas
existentes e inexistentes (hasta llegué a soñar con una mesa sin patas que se
desplazaba por todo el apartamento girando sobre sí misma, y que en realidad
parecía una gigante sierra eléctrica
cuyo único propósito era decapitarme). Las torturas a que me sometían las mesas
eran tan variadas como ellas mismas, pero sin duda alguna las más crueles eran
las de las mesas de madera.
Mi bisabuelo era carpintero
y se ganaba la vida haciendo, fundamentalmente, mesas. Quizás esas mesas no
querían ser mesas. Quizás querían ser sillas o juguetes o tallas. Quizá solo querían
permanecer como madera, e incluso nunca dejar de ser parte de los troncos de
los árboles. Ahora se vengaban de todo esto en mí. Pero yo no tenía culpa de
nada.
Decidí ir al psiquiatra.
Irene, mientras fue mi esposa, siempre me lo sugirió. Incluso cuando lo de los
televisores hasta llegó a exigírmelo. Nunca quise ir. Nunca he creído en los
loqueros. Además, Irene me fastidió tanto que aunque hubiese querido ir no lo
hubiera hecho para no darle el gusto. Pero esta vez accedí, quizá porque Irene
nunca se enteraría. Y, como era de esperarse, fue terrible.
El consultorio del viejo en
cuestión estaba plagado de mesas. Mesas, mesitas, mesones. No me atreví a
preguntarle por qué tenía tantas. Pero cuando le conté –a grandes rasgos- lo
que las mesas querían hacerme, comprendió que yo no volvería a ese consultorio
y que deberíamos vernos en otra parte. Habló, sin embargo, de probar una
terapia de invasión y me explicó en qué consistía. Le respondí con un no
rotundo y me recetó unas pastillas para que durmiera bien. Acordamos que lo
llamaría para vernos en algún parque o terreno baldío sin mesas de por medio.
Pero no lo llamé más. Algo dentro de mí me aseguraba que no llegaría a ninguna
parte con la ayuda de aquel anciano barbudo. Debía vencer a las mesas solo.
Además, las pastillas sólo lograron extender la longitud y crueldad de mis pesadillas.
En vez de despertarme a tiempo para que las mesas no me asesinaran, dormía de
doce a catorce horas. Y cualquiera puede imaginarse lo que unas mesas sedientas
de sangre hacen con uno en ese tiempo. Me mataban, me remataban y me volvían a
matar. Me descuartizaban, me estrangulaban, me aplastaban. Me sacaban los ojos
con las patas y me desfiguraban el rostro. Me lanzaban platos y vasos (si eran
mesas de cocina), lámparas y portarretratos (si eran mesitas de noche) y pues
mejor ni hablar de los inmensos mesones de comedores industriales y fábricas
diversas. Usé las pastillas una sola noche. Cuando me levanté (mi pijama estaba
desgarrado, las sábanas en el suelo y la almohada destrozada), lo primero que
hice fue tirar los somníferos por el balcón.
Cuando llegó Pancha le dije
que hiciera muchísimo café bien oscuro (estaba decidido a no dormir más) y que
encerraríamos todas las mesas en el balcón (aún no me decidía a tirarlas, para
evitar problemas con la conserje y la junta). Cuando comenzamos a mover las
mesas se me bajó la tensión: algo me impedía tocarlas, me producían asco y
pánico a la vez. Se me cortaba la respiración frente a ellas. No lo resistí. Le
pedí a Pancha que lo hiciera ella sola, que yo no podía, y me fui a escribir mi
columna (tenía dos días de retraso). Encendí la computadora y permanecí durante
horas perdido en el azul fluorescente de la pantalla. Algo me impedía escribir.
Todos los problemas económicos del mundo se quedaban ahogados en el fondo de mi
cerebro ante la presencia de un ente maligno en esa habitación. Algo como una
mesa invisible me endosaba un puñal en el pescuezo. Y así no se puede trabajar.
Di vueltas por todo el apartamento intentando resolver el lío con la mesa
metafísica. Pero apenas volvía frente a la computadora, el aire se me hacía
pesado, algo impalpable parecía hacerse voluminoso y asfixiante. Entonces, en
una revelación feroz y erizado desde las uñas de los pies hasta el aura,
descubrí que debajo de la computadora se escondía, maligno y burlón, el
escritorio. Los escritorios no son sino espías enviados por las mesas: se esconden
y se disfrazan con dulces intenciones escolares u oficinescas, y en ese sentido
son hasta más peligrosos que sus madres políticas. Cuando el peligro está a la
vista, uno, ya avisado, sabe a qué atenerse. Pero cuando se enmascara y
permanece oculto y acechante, la daga viene sin señales y casi siempre es
fatal.
Corrí fuera del cuarto
mientras buscaba a gritos a Pancha. Le expliqué que debía sacar el escritorio
de la habitación lo más pronto posible. Que me pusiera la computadora en el
piso y con cuidado. Pancha, sudando como una tetera por el pesado trabajo que
le había tocado, aceptó, sin embargo, sumisa.
Pero aquello no sirvió d
mucho. Ya de noche, tirado en la alfombra estaba frente a la computadora aún
mudo de ideas para la columna. Y me llamó el director de la página a ver qué
demonios me pasaba, eso no podía seguir así, o me avispaba o tendrían que
buscarse a otro. Entendí que la presencia de las mesas en mi apartamento,
aunque estuvieran a treinta metros de mí, trancadas en el balcón, no me dejaría
vivir en paz. Y pasé una noche terrible, sin dormir un solo minuto, tomando
café y ron y té y guaraná, esperando la luz del sol y la llegada de Pancha para
tirar las mesas por el balcón.
Las ojeras me llegaban hasta
el suelo, Pancha lo notó. Y su sorpresa de quince segundos después de la orden,
fue seguida de una curiosa petición (quince minutos después): en vista de que
yo iba a botar las mesas por qué no la dejaba llamar a su hijo y ellos las
sacaban , decentemente, por las escaleras, y se las llevaban a su casa para
usarlas o venderlas. Me quedé mudo unos minutos y una guerra de ideas confusas
levantó una humareda en mi cabeza. Luego me decidí y le dije a Pancha que
aquello no era posible. Que en tantos años de trabajo yo le había tomado un afecto
especial y que no pondría en peligro su vida y la de su hijo por unas mesas.
- Esas mesas son malvadas,
Pancha. No tienes idea de cuánto.
A ella no le agradó
demasiado mi respuesta (se lo vi en la mueca de rana comiendo yogur, en los
labios ondulados como una tocineta en la sartén, en la mirada descosiendo los
bordes de la alfombra), pero, como siempre, no discutió.
Esta vez tuve que ayudarla.
Levantar las mesas para echarlas balcón abajo era demasiado para ella sola. Fue
verdaderamente espantoso el contacto físico con las mesas: mis brazos
tocándolas, su peso y la maligna densidad que transmitían a mi cuerpo al
levantarlas. Pero al mismo tiempo fue un placer inenarrable verlas caer y
estallar en la calle: ser espectador de los últimos segundos de vida de las
malditas mesas, despedazándose contra el asfalto una a una, dejándome por fin
en paz. Abajo comenzó a formarse un círculo de curiosos y, en cuestión de
minutos, la conserje y el presidente de la junta (el nuevo) tocaban puntuales y
amargados mi timbre. Abrí la puerta y no los dejé hablar. No estaba dispuesto a
tolerar que nadie arruinara mi reciente felicidad. Les dije que por si no lo
sabían ya el apartamento era mío. Estaba pago. Se había acabado el alquiler y
el yugo terrible de sus normas impías. Les cerré la puerta en sus narices y
volví al balcón. El tumulto había crecido. Pancha me miraba confundida y no
decía nada. Volví a la computadora con ideas claras de los cuatro artículos que
iba a escribir, la encendí y me puse dedos al teclado. Pero no pude.
No.
No puedo.
Mis dedos se han empezado a
poner marrones, apenas unos centímetros más allá de la base de las unas, pero
marrones, como si… como si fueran de madera. Voy al baño de inmediato y me
lavo, me enjabono, me restriego con el cepillo y la piedra pómez; pero la
madera sigue creciendo y abarca ya mis manos completas. Los dedos parecen
haberse fundido en una sola mesa cuya forma no es difícil de adivinar: es la
pata de una mesa. Me quito los zapatos y me doy cuenta de que el mismo proceso
está ocurriendo en mis pies.
Sudo.
Tiemblo.
Fue el contacto. No debí
tocarlas. Corro a la cocina y busco un cuchillo grande para detener la carrera
violenta de la madera en mi piel. Me acuerdo de los implementos de jardinería
de Irene y vuelo en busca de una escardilla, un pico, lo que sea para cortar la
madera. Al abrir el escaparate me hiela la respiración descubrir que Irene se
llevó todos sus… casi todos. Al fondo, bajo unas mantas, un brillo rojizo y
plateado llama a mi pata, digo, a mi mano. Vuelvo al balcón para no llenar de
aserrín las alfombras. Sostengo el hacha con una pata y golpeo con fuerza la
otra. Mi grito trae a Pancha en un amén. Me siento desmayado. Pancha se
aproxima con cara de horror y se llena las manos de aserrín. Mueve su boca de
un lado a otro, parece querer decir algo, pero nada oigo. Sólo un profundo
silencio. Un silencio de madera. Trato de incorporarme y le pido a Pancha que
me ampute las otras tres patas. El dolor en el brazo es hondo, pero seco,
fútil. Quizá no duela tanto a un árbol el corte. ¿Por qué, entonces, la
venganza de las mesas? Pancha se aleja de mí con una expresión atroz. Esta vez
su sorpresa no dura quince segundos. Se estira, se expande. El silencio de
madera aturde y le repito a Pancha mi petición, esta vez con una voz que
calculo ronca, grave, molesta. Ella comienza a llorar y sus ojos, dos inmensos
lagos de barro.
No.
No son lagos.
Son redondos, sí; marrones,
sí. Son mesas. Me arrastro por el balcón alejándome de Pancha y me doy cuenta
de que buena parte de mi cuerpo se ha convertido ya en madera. Pancha avanza
hacia mí con sus dos mesas en la cara y no me queda más remedio que decidirme a
ejecutar lo que debí hace mucho.
Yo no me convertiré en mesa.
Moriré mientras aún queda algo de sangre y piel en mí.
Me subo a la baranda del
balcón y veo que Pancha ya corre y casi me alcanza. Me dejo caer. El viento
golpea con violencia mi rostro. Hasta el último momento de mi vida resulta
desgraciado. Abajo me esperan todas las mesas con sus horribles sonrisas
cariadas de aserrín. Arriba-y es mi última mirada antes de convertirme en un
montón de filamentos arbóreos reventados- veo a la que alguna vez fue Pancha.
Pero no es Pancha ya. Pancha, toda ella, se ha convertido en un espantoso mesón
de caoba. El mismo, quizá, que mató a mi madre.
En Las guerras íntimas
La viveza Criolla. Destreza, mínimo esfuerzo o sentido del humor, José Ignacio Cabrujas
Conferencia
dictada el 12 de enero de 1995 en el ciclo La cultura del trabajo,
organizado por la Fundación
Sivensa en el Ateneo de
Caracas entre setiembre de 1994 y abril de 1995. Publicado con
autorización de Sivensa. La publicación en
papel: La cultura del trabajo, Caracas: Cátedra Fundación Sivensa-Ateneo
de Caracas, 1996.
Francis
Bacon decía que no hay peor cosa que considerar sabios a los pícaros.
Latinoámerica, Venezuela, el Caribe, han tenido siempre la necesidad de mirarse
a así mismos, de expresarse en un ícono. Los pueblos tienen una noción de sí
mismos y gustan mucho de concretar esa noción, esa apariencia que los pueblos
arrastran a lo largo de siglos, de sí mismos, concretarlo en maneras, en
personajes, en actitudes, en leyendas, en mitos.
Los
venezolanos no somos una excepción al respecto. Quien tipifica, quien
estereotipiza a un hombre mexicano, inmediatamente cae en la fatalidad de
atribuirle los conceptos que pertenecen, de una manera específica, al ser de
los mexicanos; la machura, el patriotismo excesivo, el nacionalismo delirante,
pero cuando a México lo ven otros pueblos del mundo, lo ven como el ratoncillo
de la Warner Bros ,
ágiles, astutos, pícaros, siesta, haraganería, flojera. Una imagen viene de un
lado y otra imagen la genera un pueblo de sí mismo.
Los
venezolanos hemos generado muchos mitos en relación a nosotros mismos, porque
los venezolanos somos admiradores de los mitos, porque no entendemos nuestra
historia. Como ni siquiera la conocemos, nos hemos visto obligados a sustituir
la historia por la mitología, que fue los mismo que le pasó a los griegos, que
tampoco conocían su historia, aunque por razones muy distintas. Los venezolanos
tenemos mitos, en los cuales creemos tanto que los convertimos en actos de fe.
Creemos, por ejemplo, que las caraotas tienen hierro; las caraotas no sólo no
tienen hierro, sino que poseen una cubierta que tiene la particularidad de
aislar el poquito hierro que podamos ingerir y que además lo elimina, pero no hay
manera de convencer al venezolano que las caraotas no tienen hierro.
Así
como creemos en el hierro de las caraotas, creemos que somos un pueblo vivo en
el sentido de astutos, de pícaros, de una gran destreza y de una gran
habilidad. Hemos asociado la palabra vida, palabra hermosa, y la llegamos a
confundir con viveza, pensamos que estar vivos es hacer una picardía, decir que
una persona es viva o está viva es porque está en algo, está haciendo algo.
Nuestra historia niega eso, ¿cuándo fuimos vivos?, ¿qué hicimos para merecer
ese calificativo? Basta ver el país, ¿dónde está la vivezas de un país que
despilfarró 250 mil millones de dólares en veintitantos años?, ¿cuál es la
viveza de un país que se encuentra en este atolladero gigantesco, después de
despilfarrar una de las más colosales fortunas que se pueda alguien imaginar?,
¿cómo entender que el Presidente nos diga a cada rato que esta es la peor
crisis financiera que pueblo alguno haya vivido desde que en Génova, en 1604,
se inventaron los bancos? Nunca, hasta el día de hoy, un pueblo de la Tierra ha vivido una crisis
financiera como esta, peor que el crack del 29, peor que el crack
alemán. La peor crisis financiera en relación al dinero y población y, sin
embargo, tenemos que vivirla. Un país que no ha logrado resolver un enigma, un
país que le entran 15 mil millones de dólares y tiene 20 millones de
habitantes, ¿por qué este país tiene la crisis que tiene?, no le cabe en la
cabeza a nadie, ¿cómo pueden considerarse vivos, astutos, hábiles a los ciudadanos
que viven en este país?
Toda
América Latina podrá contar su historia de muchas maneras, heroica, abnegada,
hermosa, pero astuta nunca. La América Latina no es astuta, bastará leer el
panfleto escrito por el uruguayo Eduardo Galeano Las venas abiertas de América
Latina, donde se narra el aterrador despojo que este continente vivió desde
la época de la conquista, es un despojo indignante, pero es el despojo de los
tontos, quien así se comportó, quien admitió que el Potosí, que era un cerro de
oro, fuese trasladado en bloques de oro a Sevilla, no es un pueblo astuto.
Venezuela,
en ese sentido, es un pueblo especial dentro de nuestro continente, es un país
que no ha tenido la conciencia de su propia historia, es un país en gestación.
Venezuela es un país no posesionado, nadie en el mundo sabe qué quiere
Venezuela, qué proyectos, qué ambiciones, qué deseamos. Una vez un diplomático
mexicano dijo que entenderse con Venezuela era lo más difícil del mundo, porque
uno se entiende con un alemán, porque sabe lo que quiere, lo que busca, en qué
anda; Venezuela ni quiere, ni busca, ni anda. Su conducta en los organismos
internacionales es incoherente; no refleja un plan nacional, un desarrollo.
Venezuela no se ha inaugurado; su capital, Caracas, tampoco. Es una ciudad sin
visión, sin recuerdos, ni nada que la caracterice, es un campamento. Venezuela
toda es un campamento y además tiene una cultura de campamento. Aquí hemos
afrontado siempre el dilema de que lo que somos, lo que nos ocurre, nuestro
comportamiento, nuestro ser histórico no se corresponde con nuestros libros,
con nuestro verbo, con nuestra palabra, con nuestras instituciones, con
nuestras leyes y códigos. Hay una enorme diferencia entre la realidad y la
fijación de un marco cultural en el país. Las leyes que tenemos no son
nuestras; es mentira que el Derecho Penal castigue la criminalidad, el comercio
en Venezuela no tiene nada que ver con el Código de Comercio, es mentira, sobre
todo que la Constitución
exprese el proyecto de una nación, sus deseos más profundos.
Venezuela
no es un país que haya creado sus leyes, quizás porque las leyes que debería
crear, deberían ser reglamentos, más que leyes, como los que existen en los
cuartos de hotel.
El
27 de febrero
Venezuela vivió un colapso ético, que dejó estupefactas a muchas personas, fue
una explosión sobre la cual no se ha escrito hondo, amerita un análisis, es una
explosión que se traduce en un saqueo, pero no es un saqueo revolucionario, no
hay una consigna, es un saqueo dramático, las personas asaltaron locales en
medio de una delirante alegría, no hay tragedia, al iniciarse el proceso. A mí
me quedó la imagen de un caraqueño alegre cargando media res en su hombro, pero
no era un tipo famélico buscando el pan, era un "jodedor" venezolano,
aquella cara sonriente llevando media res se corresponde con una ética muy
particular; si el Presidente es un ladrón, yo también; si el Estado miente, yo
también; si el poder en Venezuela es una cúpula de pendencieros, ¿qué ley me
impide que yo entre en la carnicería y me lleve media res? ¿Es viveza? No, es
drama, es un gran conflicto humano, es una gran ceremonia. Ese día de juego que
termina en un desenlace monstruoso, cruel, la carcajada termina en sangre, es
el día más venezolano que he vivido, nunca había sido tan interpretado por
nuestra historia, por lo que nos está ocurriendo, es el día que fuimos sublimes
y perversos como lo fuimos en buena parte de nuestra historia. Nuestros íconos
históricos nos anuncian siempre ese dilema.
Hablábamos
antes de las instituciones, leyes y códigos que no nos expresan, pero
examinemos qué hemos hecho con nuestros recuerdos históricos. La palabra
historia da terror aplicada al país, porque eso exige un reto, exige unos
historiadores y no termina de aparecer esa palabra.
Es
cierto que existen hombres que se han dedicado a coleccionar nuestra memoria,
pero dentro de esos íconos tenemos las dos caras, una que el país exceptúa de
sí mismo: Bolívar.
Bolívar
es venezolano sólo en el sentido paradójico que pudiese tener la palabra,
nuestra paradoja; es venezolano en la medida que no es venezolano, en la medida
en que no se comporta, en que no se predica en torno a Bolívar las
características que nos hemos atribuido a nosotros mismos como pueblo, ciertas
o falsas.
El
Libertador es sublime, nadie lo describe como astuto, como pícaro, se pondera
su inteligencia, su talento, su genio, es un ícono moral, es un hombre sublime,
enfrenta la vida y los venezolanos amamos contar esa historia, enfrenta su vida
con pasión, con sentimiento, con fuerza, es una persona de la cual esperamos
siempre que la historia nos confirme gestos de un inmenso poder moral, por eso
lo hemos exceptuado, hemos llegado a ese convenio, nadie sabe cómo fue Bolívar,
pero hemos llegado al convenio social de colocarlo como un paradigma, es
nuestra única atadura con lo sublime y lo elevado.
Frente
a él, la otra figura: Páez. Este sí, el pícaro, el astuto, el mediocre, el
incapaz de ponderar un sueño; nuestra historia encierra una tragedia o nos
gusta contarla de una manera trágica. Era la historia que soñaba con un ideal:
la Gran Colombia,
un ideal inobjetable, un delirio, cinco grandes países unidos, un sueño de
grandeza. ¿Lo destruyó quién? Un venezolano integral: Páez. El que somos, el
que dijo que no, no, porque no sirve, no, porque no se adecúa; no, porque no es
real.
La
carta que unos comerciantes de Naguanagua le dirigieron al general Páez y que
éste exhibió como documento, es una carta venezolana, completa. Decía algo así:
"Estimado general Páez, nos parece que el proyecto del General Bolívar es
un disparate, hemos luchado abnegadamente por superar la colonia española, el
poder español, nos hemos matado en los campos de batalla, por no pagar
impuestos a los españoles, y qué, ¿vamos a pagar impuestos a los colombianos?,
no". Esta es la razón por la cual se desmoronó un sueño sublime, porque
los comerciantes de Venezuela entera, decidieron que pagarle impuestos al
gobierno de Santa Fe de Bogotá era un crimen y algo antivenezolano.
Esto
es el punto en que lo sublime queda y la picardía empieza, la astucia, frente
al pasado Bolívar, al del sueño complejo, alambicado, difícil, de enorme
empresa de envergadura, surge la trampa, el costado, la manera, el meandro, la
forma de llegar, de no perder... Esto es gran parte de nuestra historia.
Nicanor
Bolet Peraza, escritor costumbrista, escribió un relato olvidado, dedicado a un
teatro que funcionó en la
Caracas de 1800, llamado el Teatro de Madereros. Cuenta que
en ese teatro se escenificaba todas las Semanas Santa, la Pasión de Cristo y estaba
hecha por actores venezolanos y era un espectáculo cómico. A ningún pueblo se
le ha ocurrido contar la pasión de Cristo de una forma cómica, ya que la Pasión de Cristo no debería
hacer reír a nadie, pero a los caraqueños les causaba risa. Bolet Peraza
analizaba esto y se preguntaba si no sería que los caraqueños eran unos
blasfemos, unos irreligiosos, pero no era eso, no era que la gente se reía en
sí de Cristo, ni de la Virgen ,
la gente caraqueña se reía de que un actor venezolano hiciera el papel de
Cristo, es decir, les producía risa que un local, un coterráneo, interpretara
tan sublime papel. Quizás si lo hubiese interpretado un actor español, o un
sueco, no hubiese causado tanta gracia.
Bolet
Peraza nos alertaba que a lo largo de nuestra historia, nos ha sido vedado lo
sublime, el sentimiento trágico. El venezolano no asume la tragedia, porque la
tragedia expresa una fe del hombre en sí mismo. Quien escribe Antígona,
quien escribe Edipo Rey, vale decir el gran poeta Sófocles, Eurípides,
Esquilo, que se asume a sí mismo como trágico, está enamorado, está orgulloso
de la cultura griega. Esa pasión tenía un motivo; años atrás los griegos habían
derrotado a los persas en Salamina; la sociedad griega fue sacudida por una emocionalidad
histórica, así la historia de Edipo Rey puede ser contada por un pueblo que
cree en sí, que se asume. Así, el país que habitamos, su naturaleza escénica,
sus imágenes, lo que ha creado como imagen es una picardía, un acto de sátira
de sí mismo, así nos llamamos un país de humor, a veces de buen humor y otras
de mal humor.
Hay
otro elemento que viene a expresar este vacío de nosotros mismos como cultura:
el sentimiento criollo es la cultura española. La cultura española tiene una
manera de conducirse muy particular, es una cultura que sólo concibe al hombre
que triunfa, y aquí nos aproximamos al trabajo. Lo concibe como un genio y no
como un hombre de segunda, como solía decir Benito Pérez Galdós, no cree en el
ciudadano común, no hay manera que un hombre español se exprese en su visión de
sí mismo como el hombre común; utiliza lo folclórico, lo costumbrista, pero a
la hora de entrar a describirse como una nación, elige siempre su cúspide. La
pintura española es la mejor del mundo, después de Velázquez, Goya, Picasso, no
hay nadie más. No hay segundos pintores en España.
William
Somerset Maugham, el gran novelista inglés, decía: yo soy el escritor
secundario más importante del mundo. No suena latino, no suena español.
¿Somos
vivos entonces cuando afrontamos nuestra relación con la sociedad? No, no lo
demuestra nuestra historia. Somos hábiles, somos diestros, irreverentes en
alguna parte, en muchas somos borregos, pero tenemos una manera que lo hace
irreconocible, una manera de relacionarnos con el objeto, de sacarle provecho
al objeto, sin entender el objeto.
Nuestro
gran dilema histórico y existencial es que lo que constituye nuestra vida no
tiene relación con nuestra cultura, nadie sabe cómo funciona un televisor, pero
nos mostramos displicentes frente a un aparato. Somos hábiles a la hora de
asumir la funcionalidad, en donde encontramos un grave problema y un gran
obstáculo es a la hora de explicar la función.
Lo
que suele llamarse el barroco latinoamericano, nada más mentiroso, ni más falso
que esta expresión; no hay barroco. Hay una manera de entender el mundo por
capas, de asociar inmediatamente a nuestras vidas todo lo que proviene de otras
culturas, de allí la pérdida de tiempo que tienen algunas personas al decir que
Venezuela debe encontrar su identidad cultural, ¿cuál identidad?, ¿dónde está?,
¿cómo puede encontrar identidad cultural un país que a lo largo de su historia
no la ha tenido? El Siglo de Oro español formó buena parte de nuestra manera de
entendernos culturalmente, es una herencia que mamamos, tal como mamamos la
industria petrolera, tal como mamamos los acontecimientos tecnológicos,
humanísticos y los asimilamos, los reconvertimos y nos asociamos a ellos aunque
no los descifremos.
El
teatro del Siglo de Oro español está apoyado en tres personajes y toda obra
escrita en España en esa época, llámese Lope, Calderón, Tirso, responde a esos
tres personajes que son, la dama, el caballero y el gracioso. Toda obra
española consta de una historia de amor en la cual la dama y el caballero, de alcurnia
generalmente, representan lo sublime y parodiando a éstos, está el gracioso,
casi siempre el criado, el del pueblo. Así, si el caballero recita una bella
declaración de amor a su dama, inmediatamente aparece la escena del gracioso
que intenta hacer lo mismo con la cocinera y fracasa, porque balbucea, porque
no dice las palabras adecuadas, porque el lenguaje del caballero no se
corresponde con su lenguaje.
Históricamente,
y es perfectamente demostrable que cuando Latinoamérica, desde la Argentina hasta México,
quiso verse a sí misma en esas categorías, generó un primitivo teatro que se
puede obsevar en la colonia, aburrido, patético, malo, pero real, porque el
único venezolano que entró fue el gracioso. A nadie se le ocurrió que el papel
del caballero o de la dama fuera de Venezuela, de Perú, o de México. Nuestra
manera de identificarnos, de presentarnos frente al mundo y ante nosotros
mismos fue siempre esa, y somos los astutos, los graciosos, los que no pudiendo
acceder a lo sublime, nos vimos en la necesidad de asumirnos como parodia de lo
sublime.
De
allí que yo pienso que el trabajo en Venezuela más que apoyarse como presunto
defecto, es una función de viveza o de habilidad, se apoya básicamente en una
parodia del trabajo. Cuando se trabaja, parodian el trabajo, porque nuestra
cultura no tiene expresión del trabajo, ni ha logrado representar el trabajo
como parte indispensable de sí misma.
¿Por
qué? ¿Qué es este bochornoso, caótico, incoherente pero amado país? Es la
consecuencia de tres exilios, de tres personajes provisionales, el habitante
autóctono, el indígena, que fue expulsado de su territorio, de sus creencias,
de su vida, para quien la noción de trabajo no existía. ¿Para qué?, si la
tierra da y yo lo tomo. ¿Por qué sembrar?, ¿ por qué hacer un huerto? Si toda
esta tierra era un huerto.
Otro
personaje es el negro, arrancado de las Costas de Marfil, de su tierra, de su
amor de todo lo que pudiera generarle un sentimiento. Lo metieron en un barco y
lo trajeron a esta tierra y le dijeron: trabaja, ¿para qué?, ¿por qué?
El
español llegó a un exilio, llegar a América significaba un castigo, una
desgracia, un fatalidad, era vivir en un país de segundones. Aquí no se vino el
primogénito, se vino el segundón, el que no servía, el aventurero. ¿Venía a trabajar?,
no, ¿para qué? Venía a hacerse rico, la vida verdadera estaba en España, este
era un país de paso.
¿Qué
cultura de trabajo se puede esperar de tres orígenes donde el trabajo no tiene
pasión, ni tiene por qué tenerla? Lentamente esta sociedad, al criollizarse,
fue haciéndose al trabajo.
Pero
esta es nuestra cultura del trabajo, allí subyace, porque al fin de cuentas se
trabaja para una recompensa y decir otra cosa es una hipocresía.
Indiscutiblemente existe el trabajo espiritual, el del científico, el del
poeta, el del escritor donde el trabajo es un placer. Pero para el hombre que
martilla todo un día, no existe placer. No puede haber placer por martillar.
Constituye una manera de vivir, se expresa en términos de salario, requiere de
un pago correspondiente para asumir esa tarea.
En
Venezuela, además, se paga mal, la relación entre salario y trabajo es caótica,
es artificial, donde las profesiones no se rigen por el grado de esfuerzo que
el hombre puede colocar a la hora de prepararse para ellas. Así pues, no hay
una imagen del logro del trabajo, porque en Venezuela no hay imagen de riqueza,
porque en los ricos, que podrían ser un paradigma de la imagen del trabajo como
lo fue Ford para los americanos, no existe. El venezolano no tiene imagen del
bienestar.
Hemos
creado una imagen donde el rico tiene imagen de pícaro, Miguel Otero Silva
decía que el único rico honrado que él conocía era Antonio Armas, porque la
historia de su fortuna se veía por televisión. Bateaba y le pagaban por eso. De
resto la riqueza no es honrada y el disfrute de ella misma tampoco es honrado.
Deberíamos
desterrar de nosotros mismos la idea de que la viveza nos ha acompañado como
acto cercano al trabajo. Es falso, no hay viveza criolla, hay viveza alemana,
hay viveza japonesa. Aquí lo que hay es un lento, dramático y desesperado
esfuerzo de una sociedad por asumirse a sí misma, en un territorio y dentro de
unas costumbres y unos códigos que ni le corresponden, ni la expresan y, en
ocasiones, ni siquiera la sueñan.
UNA, Lydda Franco Farías
UNA amanece
con el cuerpo de cera
con la víspera haciendo piruetas
con ojeras que delatan los retorcimientos
[del
amor
UNA sabe
que tiene prejuicios
y los va perfeccionando
UNA es a-política
UNA no se mete en camisa de once varas
UNA estampa el beso curricular
él se va con sus ínfulas
con su ontológica suficiencia
UNA comparece ante el tribunal de los
[hijos
y cede ante la tiranía de los hijos
UNA tiene el deber de ser bella
porque entre otras cosas para eso está UNA
y para comprar lo que nos vendan
y para sufrir por la muchacha de la
[telenovela
que es tan desgraciada(la muchacha y la
telenovela)
y para llorar de felicidad porque a la final
el sapo se convierte en magnate y se casa
[con
ELLA
UNA es tan sentimental
UNA es tan fiel tan perrunamente fiel
qué asquerosamente fiel es UNA
UNA se asoma al espejo y comprueba lo
[que
no es
sabe qué cara va a poner
qué silencio va arriar
qué píldora de domesticidad va a tener que
tragarse
qué anticonceptiva es UNA
UNA queda tendida
knoch out
para reaparecer al día siguiente
pidiendo la revancha
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